Columnistas

Cómo nos dueles, Andrea

La música, las películas y las telenovelas se encargan de transmitirnos la imagen del amor eterno

La Razón (Edición Impresa) / Lourdes Montero

00:00 / 31 de agosto de 2015

En Bolivia, cada tres días una mujer muere por feminicidio y, según las encuestas, siete de cada diez afirman haber vivido algún tipo de violencia. En el último estudio de la Coordinadora de la Mujer constatamos que el 31% de las mujeres que enfrenta agresiones queda enferma o herida, y más del 40% declara que vive con miedo y dependencia. Una vida así no la queremos para nadie, y si asumimos que todos tenemos hijas, hermanas, amigas que (si las estadísticas no mienten) probablemente están ahora sufriendo algún tipo de violencia, el pánico nos invade. Y creo que eso es lo que el caso de Andrea A. ha puesto de manifiesto: nadie, ni la hija de una feminista, puede estar libre de vivir una relación sentimental de dependencia y violencia.

La pregunta que escucho en estos días con mucha frecuencia es ¿por qué las mujeres continúan vinculadas emocionalmente a villanos que las maltratan?, ¿por qué aceptan relaciones que las denigran y las llenan de culpa?, en fin, ¿por qué las mujeres se dejan pegar y matar? Podemos encontrar respuestas en teorías psicológicas de falta de autoestima, o teorías sociológicas sobre un orden patriarcal de apropiación de las mujeres y su control. Pero, ¿y si es tu hija la que se niega a abandonar a un patán que la maltrata, dónde podemos buscar una explicación más simple que nos ayude a ayudarla?

Asumiendo como ciertas todas las explicaciones anteriores, quiero agregar una que usualmente no se expone con el suficiente énfasis: la profunda ideología del amor romántico que día a día encadena a las mujeres a resistir una vida de violencia. La música, las películas y las telenovelas se encargan de transmitirnos la imagen del amor eterno, cimentando valores y normas sociales casi imposibles de romper. Gracias a esta ideología las mujeres viven convencidas de que su príncipe azul las espera a la vuelta de la esquina para colmarlas de dicha y bienestar. Una vez que encuentran su gran amor, deben “proteger” su sueño contra una realidad que les revela un ser humano poco digno y azul. Pero la “enamorada” vive convencida de que este sufrimiento es temporal, por tanto, solo debe resistir hasta que el elegido abandone la coraza de patán y se revele como el gran hombre que en verdad es. Leo con profundo dolor cómo esta doctrina se repite en cada una de las historias presentadas en el libro No te mueras por mí, que recopila cartas y mensajes de “amor” escritos por hombres violentos a sus parejas. Maldita ideología que cada año nos cuesta cientos de vidas de mujeres ilusionadas, y no denunciar a tiempo toda esta patraña es lo que nos duele, querida Andrea.

Y explico así cómo Andrea se “enamoró” de William y aceptó toda su violencia psicológica de macho empoderado, arropado por el dinero de su familia. Pensando que finalmente su príncipe azul había llegado, se encontró con un moderno Barba Azul que seduce y luego desecha a las mujeres de su historia. Solo esa concepción de vida puede llevar a una persona a declarar “No me arrepiento de nada, porque no tengo que arrepentirme de nada, lo único que me da pena es que se utilice un fallecimiento para hacer activismo”. El activismo, William K., es el arma que las personas utilizan cuando no tienen poder político o económico y suele ser muy efectivo para luchar contra la injusticia y la impunidad.

Y utilizo estas últimas líneas para enviar toda mi admiración y compromiso a Helen, madre de Andrea, que le ha dado rostro al coraje, la dignidad y la lucha en busca de justicia. Permítanme declarar que en este tema no soy neutra, ya he elegido bando en la lucha mediática que encaramos.

Es cientista social.

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