Columnistas

Estamos enamorados

Importante: la novela tiene siempre el mismo propósito, si no es para hacer llorar, es para reír

La Razón / Óscar Díaz Arnau

02:42 / 19 de marzo de 2012

A mi edad, las telenovelas calan hondo. Será porque escarban una memoria olvidada y ahora despiertan lacias, con la base agrietada y el rímel corrido. Porque las Verónicas Castro ya no vienen como las de antes. Porque las corbatas escasean y los galanes son cada vez menos eso. Será por esto, por aquello, por todo o por ninguna de las opciones anteriores pero, a mi edad, las telenovelas hurgan sentimientos.

Hurgado me he sentido la otra noche, a mi edad. (Antes la telenovela era, siempre, vespertina: “la novela de la tarde”. Ahora cabe donde la parrilla de los canales la encuentre, incluso temprano a la mañana o entrada la noche).

La otra noche, más o menos a la hora en la que los de mi edad solemos empezar a incomodarnos con la almohada, o con el colchón, o con el catre que suena pero nunca lo suficiente para callar a los analistas que rechinan como catre más almohada y colchón; la otra noche, decía, se difundió el primer capítulo de una novela nacional que promete. (Importante: la novela tiene siempre el mismo propósito, si no es para hacer llorar, es para reír).

Ella, si la vieran, estaba rozagante, como solía mostrarse ante los de mi edad la inigualable Verónica Castro. Ahí mismo sentí el aura que me llegaba al cuerpo y, totalmente embelesado, me dije: ‘Pucha que me hurga esta novela’.

Ella era “la prometida”, una joven presentadora de noticias que, para buen juicio de los productores de la novela, rebosará de emociones de principio a fin, porque se consumirá el capítulo entero así, exultante, como debe estarlo toda protagonista para hacer llorar y, si se puede, reír también. (No voy a jugar con la ansiedad de los lectores, este no es un crucigrama: Sin vueltas, el novio es el Vicepresidente —“Álvaro Marcelo”, para los efectos del género— y se prepara para entrar a escena en el segundo capítulo, en otro canal; bien rara es la novela ésta).

A mi edad, me gusta pensar que a los maduros les queda tela por cortar. Así es que el segundo capítulo lo sentí como una grácil palmadita en la espalda (las novelas me calan hondo, creo haberlo dicho ya). Ver al novio tan ilusionado, tan delicadamente peinados sus cabellos cenicientos (para “Claudia”, su presentadora), significaba (para mí) el reverdecer de una primavera que francamente iba tomando rumbo de hibernación.

Ahí estaba él, si lo vieran, un galán al estilo de los de antes, serio, convencido de lo que dice y por eso dijo: “Claudia y yo estamos enamorados”. Y mientras yo me decía para mí: ‘Estamos todos enamorados con ustedes’, me la imaginé a ella exclamando, como buena protagonista de novela que hurga: “Álvaro Marcelo, ¡oh!, amado mío”.

No importa tanto cuánta lágrima o carcajada me provoque la novela que desde aquellos conmovedores primeros capítulos tiene revolucionados, sobre todo, a los de mi edad. Los ‘amantes del romanticismo’ —entre los que me adscribo con una flor en el ojal— celebramos la condición de flechado por Cupido del Vicepresidente. (Su revelación de que se pega sus escapaditas nocturnas para estar al lado de su futura esposa, en lo particular, a mi edad, me alegra de sobremanera).

No sé si a los discapacitados, a los médicos, a los trabajadores de la CNS, a los arroceros y a los cañeros les caerá en gracia esta superproducción nacional que, en todo caso, no colisiona con los papelones internacionales de la milenaria hoja sagrada en vez de la ley o de la papalisa en lugar del viagra. De lo que estoy seguro es de que el saqueo de la plata encuentra hoy su recompensa: España nos presta un clon de su Letizia... Quién sabe un día nuestra Claudia sea princesa en la monarquía de la coca.

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