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Sin enredos

Rescato la idea de un club para conformar una red social en tanto ‘comunidad de aprendizaje’.

La Razón (Edición Impresa) / Fernando Mayorga

00:00 / 27 de marzo de 2016

En la biografía Steve Jobs, Walter Isaacson resalta un relato sobre el Club del Ordenador Casero, un círculo de personas dedicadas a la innovación tecnológica en ese lugar mí(tic)o de Silicon Valley, donde se mezclaron informática y contracultura. Y la contracultura en los años 70 era cosa seria: rechazo al consumismo hedonista y búsqueda de alternativas religiosas y existenciales; la mayoría en compañía de drogas y gurús hindúes y uno que otro pajpaku. Ah, y canciones de Bob Dylan, Janis Joplin y Grateful Dead. Me interesa destacar un estilo de interacción social marcado por uno de sus integrantes (quien hizo el primer ordenador para que las palabras tecleadas aparezcan en una pantalla) al apuntar que ese club era un espacio para compartir e intercambiar información e intuiciones, en suma, para aprender sin caer en el mercantilismo. Era la “ética hacker, según la cual la información debía ser gratuita y la autoridad no merecía confianza alguna”. Es más, el inventor de esa frase, conocido como Woz —un pedazo de su apellido—, aclaró: “Yo diseñé el Apple I porque quería regalárselo a otras personas”.  Ya sabemos que el mercado (con Bill Gates a la cabeza) convirtió la computadora y sus accesorios en mercancías caras y exquisitas, y que la autoridad trastocó la noción de hacker asociándolo a los malvados piratas de antaño. Pero esa es otra historia.

Rescato la idea de un club —grupo, clan o lo que sea— como una ruta para la conformación de una red social (interacción entre más de dos personas) en tanto “comunidad de aprendizaje” (idea de Juan Carlos Tedesco, intelectual argentino) que, además, tenga como motivación el rechazo o la inmunidad a la búsqueda de fama, poder y dinero; a la usanza de la ética del filósofo Spinoza. Invoco a estos pensadores porque una experiencia académica que se desarrolla estos días en la universidad pública me hizo pensar en las potencialidades de las redes sociales digitales a partir de su estudio y su utilización virtuosa (no solo virtual). Es, además, un desafío adicional para propiciar un diálogo intelectual inter-generacional bajo las pautas comunicacionales y los códigos discursivos marcados por el informacionalismo y la sociedad-red.  

Se me ocurren estas ideas a partir de la organización de un curso sobre “Redes sociales y política” en el CESU-UMSS. Y no lo menciono por afanes propagandísticos (aunque pueden husmear en Twitter @PolisRed), sino para destacar que se lleva adelante en un espacio público (el universitario) porque ese es el ámbito apropiado para una reflexión crítica alimentada con afanes investigativos y ajena a las opiniones de “analistas episódicos” que predominan en los sets televisivos y en Facebook y Twitter.

Es necesaria una mirada crítica sobre este tópico a propósito del papel de las redes sociales digitales en el proceso del referéndum constitucional, porque la idea predominante (en filas oficialistas y opositoras, también entre los mentados analistas) es errónea por su carácter asertivo: las redes sociales definieron el resultado en las urnas. En cualquier caso es más pertinente plantearlo como interrogante e iniciar la búsqueda de respuestas en un diálogo académico a partir de diversas prácticas investigativas que formulan preguntas pertinentes, escarban datos, sitúan el proceso en perspectiva histórica, indagan en la opinión de la gente, evalúan la pertinencia de las categorías y, así, pretenden aportar en la comprensión de un tema que exige cada vez mayor atención; y también, sentido común.

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