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Tu envidia es mi bendición

La envidia, la mezquindad y la mediocridad son defectos nacionales que nos envenenan y retrasan.

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Córdova

00:00 / 05 de julio de 2015

La definición clásica de la envidia es desear para uno mismo aquello que el otro posee. En nuestra particular idiosincrasia, sin embargo, la envidia se define como la necesidad de que nadie tenga aquello que yo no puedo tener. Solo así se explica nuestra tendencia a celebrar con mayor entusiasmo la derrota del otro que la victoria nuestra. Solo así se explica el deporte nacional de “serruchar el piso”, definido como la inversión de esfuerzo, tiempo, recursos y energía en promover el fracaso ajeno; en lugar de dedicar ese mismo tiempo, esfuerzo, energía y recursos en trabajar por el triunfo propio.

Solo así se explica también el ejercicio diario de “dar palo”, que puede definirse como la tendencia a descalificar a quien obtiene un logro, cuestionando sus méritos, echando sombras sobre sus métodos, criticando sus resultados. En esta su variante, la envidia asume que si alguien más logra lo que yo deseo, no debe ser por su capacidad ni por su esfuerzo, sino porque esa persona goza de ventajas, amarres o privilegios a los que yo, axiomáticamente, no accedo.

Se justifica así la mediocridad, pues todas mis falencias o mis fracasos pueden ser fácilmente explicados al acusar al otro de corrupción, de contubernios y de influencias o “muñeca”, que le permiten alcanzar sus metas sin merecerlo. Así no me hago cargo de mi incapacidad de lograr mis objetivos, sino que solamente me quejo de la injusticia en la distribución de triunfos y fracasos.

La envidia genera mediocridad, también, pues acusar de envidia al otro es la respuesta inmediata a cualquier grado de crítica. Así perdemos la oportunidad de crecer, de mejorar, de corregir problemas y aprender de nuestros errores, pues asumimos que cualquier crítica a nuestras acciones, propuestas o resultados es simplemente un ataque personal, generado por la envidia.

Se justifica también el temor a triunfar, pues quien obtiene lo que se ha propuesto, se arriesga a la acusación, a la descalificación y al linchamiento. Vale más mantenerse en la media, esconder los logros, mantenerse en bajo perfil, no destacarse por nada en ningún contexto. La envidia genera así una particular forma de modestia que casi es vergüenza de tener, de ser, de lograr algo que nos premie por el trabajo o esfuerzo invertido.

Como contraparte a todo esto, hay inscripciones en los parabrisas de algunos micros o minibuses que rezan de forma desafiante “Tu envidia es mi bendición”. En ese contexto, la envidia se puede interpretar como un motor, un desafío que lanzan quienes no se resignan a esconder sus posesiones y sus logros, aun a riesgo de sufrir las consecuencias de la envidia ajena. Ser envidiado por el vecino es una muestra de triunfo que ostentan orgullosamente quienes se sienten importantes por las reacciones que provocan sus demostraciones de riqueza y poder. Así, la envidia se convierte en su hermana gemela, la mezquindad, que podemos definir como una actitud de bajeza personal, de falta de generosidad y de chatura de métodos para inducir al otro a tomarnos en cuenta y reconocernos, a incluirnos necesariamente en sus alegrías o sus triunfos; pues, en caso contrario, haremos lo posible por promover su fracaso.

La envidia, la mezquindad y la mediocridad son defectos nacionales que nos envenenan y retrasan, que nos impiden ser mejores profesionales, mejores artistas, mejores vecinos y mejores personas. Y, tristemente, no basta una ramita de retama para protegernos del terrible daño que nos generan.

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