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No es envidia, tampoco se trata de amor

Lo que las niñas y adolescentes necesitan es no perder su libertad, y si la perdieron, recuperarla.

La Razón (Edición Impresa) / Zulema Paola Quispe Paredes

00:17 / 31 de agosto de 2016

No es envidia, no es discriminación, no es racismo, tampoco se trata de amor. El derecho con el que se sienten los hombres de disponer sobre nuestras vidas, tomándonos como objetos descartables que se usan, se golpean, se maltratan o se matan, es un tema más profundo que la falta de autoestima de las mujeres.  

Decir que una mujer acepta insultos y palizas porque no se quiere es responsabilizarla y justificar la actitud del violento. Pensar que las niñas necesitan quererse primero para estar libres de violencia es caer en una simpleza, porque la violencia es ejercida por los hombres sobre todas las mujeres, tengan mucha o poca autoestima.

Lo que las niñas y adolescentes necesitan es no perder su libertad, y si la perdieron, recuperarla. Todas nacemos como niñas libres y somos en conjunto una sociedad que castiga y castiga hasta convertirnos en mujeres que solo buscan complacer. Esa libertad que sentimos de niñas de vestirnos cómodamente, de comer, de pensar, de reír y hablar es la que puede (de)construir y buscar alternativas creativas para no ser violentadas o asesinadas.

María Galindo bien lo dice en su artículo en el que cuestiona el programa “Yo... mi primer amor” dirigido por Maricruz Ribera, las bajitas necesitamos reivindicar nuestros cuerpos pequeños y morenos, nuestros cuerpos gordos, para sentirnos libres de vestirnos como nos dé la gana y no con los parámetros de moda, libres de decir lo que pensamos, libres de vivir nuestra sexualidad y nuestras relaciones.

Por otro lado, en ningún momento ella hace referencia a que la lucha debería salir de las mujeres gorditas, bajitas y morenas, como menciona Gabriela Ichaso en su columna de opinión en el periódico La Razón. Ella hace un cuestionamiento sobre el hecho de que la violencia contra las mujeres no es un problema de autoestima y sobre cómo Maricruz Ribera hace una promoción de su persona en el programa “Yo… soy mi primer amor”, tomando a un grupo tan delicado como las niñas y adolescentes. Tampoco creo que sea envidiosa y mucho menos racista, creo más bien que es bastante clasista y entre líneas racista decir que la esposa del Alcalde se viste de pepino, toma api y va a las laderas, dando a entender que una mujer como ella nos hace el favor de hacer lo mismo que hacemos la mayoría de nosotras y nosotros.

Desde mi lugar, de mujer joven, bajita, gordita y birlocha feliz, para evitar la violencia no necesito repetirme mil veces que me quiero, porque eso no me protege del abuso de los hombres en la calle, de los que meten mano, mucho menos de los que fingen ser buenos tipos en una relación hasta que una decide hacer las cosas a su manera.

No es cuestión de amor propio, es cuestión de libertad, la libertad de no aceptar un modelo de mujer, la libertad de decir no me interesa ser modelo, no me interesa el matrimonio, no me interesa ser una buena chica, y por último, no me interesa ser primera dama ni de la ciudad ni de la nación.

Es violenta una publicidad mostrando un cuerpo “perfecto” frente a la mayoría que nos gusta comer pan y papas fritas. Es violento ver una publicidad donde las mujeres debemos ser madres perfectas, además de estar siempre bien arregladas.

Por último, quiero ser mujer sin modelos que imitar y me gustan las imillas alzadas, las chotas boconas, las birlochas rebeldes y las antiseñoritas.

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