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El epígrafe literario

El epígrafe es un anticipo a la lectura y a veces también se lo usa como una provocación

La Razón (Edición Impresa) / Homero Carvalho Oliva

00:00 / 13 de agosto de 2015

El uso del epígrafe es frecuente en la literatura y se lo utiliza para brindar al lector una idea de lo que le espera al leer el libro. Es un anticipo a la lectura y a veces también se lo usa como una provocación; aunque no faltan quienes lo usan solamente para apantallar, queriendo mostrarse como muy leídos citando a autores de moda. Como tiene que ser breve, muchos autores elegimos versos o fragmentos de poemas, porque sabemos que encierran mayor condensación y belleza. En mi caso no sé cuándo los elijo, no tengo un método. Puede ser mientras estoy escribiendo la obra o al finalizarla, pero siempre es como una epifanía, una revelación.

En cierta ocasión me preguntaron qué tan importante es para el libro el epígrafe y yo respondí que la importancia se la da el autor, porque un epígrafe bien elegido es como una puerta, puede encerrar un misterio, un tesoro o un deslumbramiento. Particularmente, cuando no encuentro alguna cita o un verso que me satisfaga, uso algo de uno de los personajes de mi propia obra. Veamos algunos de mis preferidos: el peruano Mario Vargas Llosa inaugura su novela El sueño del celta con una apropiada cita del uruguayo José Enrique Rodó: “Cada uno de nosotros es, sucesivamente, no uno, sino muchos. Y estas personalidades sucesivas, que emergen las unas de las otras, suelen ofrecer entre sí los más raros y asombrosos contrastes”. 

El guatemalteco Augusto Monterroso, autor del microcuento más famoso, usaba los epígrafes no solamente como anticipos, sino como parte de su obra, especialmente como parte de sus cuentos; para muestra, basta un botón, abre su libro Movimiento perpetuo con un verso del español Lope de Vega que dice: “Quiero mudar de estilo y de razones”, y eso es lo que hace en cada historia breve. El italiano Antonio Tabucchi, uno de mis autores preferidos, utiliza una cita del británico Joseph Conrad (nacido en Polonia, como Józef Teodore Konrad Korzeniowski y naturalizado inglés), para su libro de ensayos Autobiografías ajenas: “Primero se crea la obra, y solo después se reflexiona sobre ella. Y es una actividad ociosa y egoísta que no es de utilidad alguna y que a menudo conduce a falsas conclusiones”.

Y otra de Rainer María Rilke para uno de los ensayos al interior del libro que dice: “El futuro penetra en nosotros, para transformarse en nosotros, mucho antes de que tenga lugar”. Ricardo Piglia, en la premiada novela Plata quemada, cita a Bertolt Brecht: “¿Qué es robar un banco comparado con fundarlo?”. A su vez, José Saramago redunda con Platón en su novela La caverna: “Qué extraña escena describes y que extraños prisioneros, son iguales a nosotros”. En Memoria de mis putas tristes, Gabriel García Márquez cita un pequeño fragmento de la novela La casa de las bellas durmientes de Yasunari Kawabata: “No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la mujer dormida, ni intentar nada parecido”, y lo hace como un guiño al lector para que sepa cuál fue la fuente de su inspiración.

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