Columnistas

La epopeya de Ayacucho

Cuatro horas de combate en la Pampa de Ayacucho coronaron la tan ansiada libertad de América

La Razón (Edición Impresa) / Orlando Rincones Montes

00:01 / 09 de diciembre de 2014

Sin pretender restar importancia a otras célebres batallas de nuestra independencia, no cabe duda que la librada durante la mañana y el medio día del 9 de diciembre de 1824 sobre la inmortal Pampa de Ayacucho (Perú) fue la más grandiosa y determinante de todas las batallas celebradas en el contexto de la lucha emancipadora hispanoamericana. Para 1823, el virrey José de La Serna e Hinojosa disponía al sur del Perú de un  cuantioso y disciplinado ejército de aproximadamente 20.000 hombres; a su vez, el libertador Simón Bolívar apenas disponía de 6.000 auxiliares colombianos y de unos 4.000 peruanos, muchos de ellos aún en proceso de adiestramiento y formación.

Aunado a lo anterior, otros dos obstáculos hacían muy cuesta arriba la campaña, por una parte, la inminencia de una guerra civil entre los partidarios del presidente Riva-Agüero y aquellos que defendían la institucionalidad del Congreso Nacional. Por otra, las dificultades de todo tipo que ofrecía el terreno, la  abrupta geografía andina, el clima, las distancias, todo era complejo y desconocido para las tropas llegadas desde las playas del Orinoco.

Sucre asumió la vanguardia del Ejército Unido Libertador e inspeccionó por sí mismo cada palmo de terreno, desde Trujillo hasta Reyes (hoy Junín), cruzó la Cordillera Blanca y preparó las condiciones para el arribo del grueso del Ejército Libertador. No pudo combatir en Junín por estar al frente de la infantería (esta batalla fue librada exclusivamente entre cuerpos de caballería), pero sus atenciones y cuidados al Ejército, posterior a este triunfo, significaron más de 2.000 altas al bando patriota.

Retirado Bolívar del mando del Ejército por una traición del Congreso de Colombia, le tocó a Sucre asumir la dirección y junto a sus bizarros oficiales enfrentar a una maquinaria militar compacta y bien organizada, invicta tras 14 años de lucha ininterrumpida, el Ejército Real del Perú. El virrey La Serna y sus generales (Canterac, Monet, Valdez, Villalobos, Ferraz y Carratalá, entre otros) eran militares muy valerosos y de mucho prestigio, héroes de España en su guerra de independencia contra la Francia de Napoleón; además, todos sin excepción, abrigaban una fe inquebrantable en la causa que defendían.

Luego de semanas de movimientos tácticos y de mutuas intimaciones se encontraron sobre la Pampa de Ayacucho los dos ejércitos, prestos a decidir con su esfuerzo la suerte de un continente. Cuatro horas de encarnizado combate, decidido finalmente por los acertados y oportunos movimientos del máximo jefe patriota, coronaron la tan ansiada libertad de América, poniendo fin de esa manera a 300 años de oprobiosa dominación colonial. Los nombres de Córdova, Morán, Luque, Galindo, Miller, La Mar, Suárez, Carvajal y Silva, así como los de sus gloriosos estandartes Pichincha, Bogotá, Caracas, Voltígeros, Vencedor, Vargas, Rifles la Legión Peruana, los Húsares de Junín, los Húsares y los Granaderos de Colombia quedarán escritos con letras de oro en los anales de la historia nuestra americana. La capitulación concedida por Sucre a los vencidos en Ayacucho impregnó con un manto de humanidad el advenimiento de nuestros pueblos al imperio de la ley y de la libertad.

Las consecuencias más importantes de esta titánica gesta libertaria fueron, en lo inmediato, la independencia definitiva del Perú y de toda América del Sur, así como el nacimiento de una nueva nación: Bolivia. Por otra parte, en el mediano plazo, la victoria de Ayacucho vendría a significar un fuerte espaldarazo a la política de alianzas continentales del libertador Simón Bolívar y a la consolidación de la tan anhelada unidad americana, misma que encontraría su máxima expresión en el Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826. 

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