Columnistas

El espacio político…

Todo lugar del accionar ciudadano lleva consigo un carácter social, pero también político.

La Razón (Edición Impresa) / Patricia Vargas

22:48 / 22 de junio de 2016

Históricamente, la ciudad del siglo XVI buscó fortalecer el centro de su desarrollo estratégico a través de la religión por su valor simbólico, logrando consolidar esfuerzos de representación significativa a partir de monumentos y esculturas instalados en esos sitios abiertos y continuos a las iglesias. De este modo, la exterioridad de los símbolos rituales de la fe cristiana logró la laicización de esos atrios o plazas. Con ello, esos lugares nunca dejaron de ser estratégicos para la memoria religiosa, porque, en primera instancia, allí cada ritual se fue consolidando con nuevas expresiones de carácter religioso, como fueron por ejemplo las procesiones, que se apropiaron de esas plazas. Espacios de reunión ciudadana que, a fin de cuentas, fueron establecidos con un naciente e indiscutible valor social.

Posteriormente, con la llegada de la modernidad, esos lugares se convirtieron en los más ansiados para el disfrute de la población, por las distintas posibilidades de sociabilidad que ofrecían. Sin embargo, aparecieron otras expresiones —por ejemplo, de reivindicación social— que cambiaron el valor simbólico de algunos de esos sitios gracias a las asambleas populares, que hicieron nacer un nuevo espacio encubierto de lo político. Este último no solo fue útil para la reterritorialización urbana, sino también para su reinvención como “plaza seca”, cuyo signo de puntuación territorial singular fue su innegociable sentido político.

No cabe duda de que en La Paz existen ciertos espacios públicos que no pueden soslayar su naturaleza de instrumentos atractivos para los motines sociales. Un ejemplo importante es la plaza de San Francisco, el espacio político más relevante de la historia de esta urbe que, aun habiendo sido mutada, conserva la muestra de ciertas manifestaciones ciudadanas.

Con los años seguramente nacerán otros lugares en una ciudad en esencia política, como es La Paz, la cual parece añorar a los grandes sitios de múltiples expresiones sociales, pese a que sus calles han adoptado hoy ese tipo de manifestación.

Sin embargo, se debiera comenzar a capitalizar las expresiones de los lugares y las actuaciones de la población, que de forma espontánea dotan de sentido a ciertos lugares. Un ejemplo de ello es la Plaza del Bicentenario, la cual, por una parte, debiera olvidar estar dividida en su uso con el atrio de la UMSA y, por otra, dejar de funcionar como mercado con toldos de venta de cualquier producto, desde gorras hasta cereales. Todo lo contrario, allí deberían asentarse exposiciones de arte, obras relacionadas con el conocimiento y la cultura u otras expresiones sociales. Cabe entender que una universidad requiere de espacios de expresión libre relacionados con el saber.

En las noches, la Plaza del Bicentenario nos muestra a una juventud que practica distintos bailes, un acontecimiento ritual y simbólico que remarca ese sitio a esas horas. Empero, la memoria lleva a recordar que la juventud de ayer fue contestataria a las realidades sociales de este país; mientras que la actual parece más absorta en otras manifestaciones, como es el caso de la preparación de la entrada universitaria.

En la Grecia antigua, los helenos afirmaban que todo idealismo histórico debe convertirse en experimental, porque ello denota tendencias de expresión social que si bien nunca debieran estar dentro de principios absolutos, son capaces de llevar a repensar que todo lugar del accionar ciudadano lleva consigo un carácter social, pero también político. 

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