Columnistas

El espejo aymara

El castellano y el aymara son códigos que representan dos mundos procedentes de universos distantes

La Razón (Edición Impresa) / Cergio Prudencio

00:04 / 06 de septiembre de 2015

El intelectual boliviano Javier Mendoza Pizarro acaba de publicar un libro de excepcional valor e interés bajo el título El espejo aymara. Ilusiones ideológicas en Bolivia. El autor se adentra en las profundidades lingüísticas del español y el aymara, descubriendo dos lenguas distintas no solo en la obviedad de su vocabulario y sintaxis sino —primordialmente— en las diferencias a menudo incompatibles de percibir/pensar/sentir de sus hablantes. De este modo, estas lenguas no son apenas dos códigos de representación de una misma realidad, sino dos códigos que representan dos mundos procedentes de universos distantes.

Por más de cinco siglos españoles y aymaras venimos intentado traducir nuestro pensamiento, unos en el idioma de los otros y otros en el idioma de los unos, en procura de comunicarnos. Mendoza lleva el análisis al punto donde esto resulta prácticamente imposible, porque cada idioma engendra construcciones (“ilusiones ideológicas”, llama él) con base en nociones frecuentemente inexistentes en el otro; por ejemplo cuando observa el concepto tiempo: “Resulta claro que no es posible traducir el término con una sola palabra en castellano, de manera que a la pregunta: ‘¿Cómo se dice tiempo en aymara?’, la respuesta correcta sería: ´No se dice´”.

Con evidencias tan vertiginosas como esta, la relación español-aymara a lo largo de su historia ha llegado a traducciones que reducen ideas abstractas en enunciados concretos, elaboraciones complejas en ilustraciones simples, imaginarios inasibles en ideas controlables; y ha acomodado preceptos del aymara a propósitos dominación vía lenguaje. Ambos idiomas se inter-penetraron a tal punto —señala el estudio— que hoy es posible ver reflejadas las elaboraciones culturales de cada uno en el otro no solo en su estado idiomático actual, sino en el proceso de acumulaciones seculares derivadas en pérdidas y ganancias en ambos territorios, y con intrigantes consecuencias.

Mendoza se detiene escrupulosamente en dos conceptos esenciales: chuyma y pacha, desentrañándolos en sus densidades significantes de origen, siguiéndolos a lo largo de su confrontación con las exigencias del idioma invasor, contrastándolos con sus “equivalentes” en español por discrepancias irreconciliables de percepción/concepción.     

Es verdaderamente asombrosa la minuciosidad observadora y asociativa de Javier Mendoza cuando aborda la interrelación de diferentes, propiciando una sólida plataforma para comprender mejor nuestros recurrentes desencuentros históricos y para avizorar una interculturalidad más constructiva en la traumática dicotomía de dominación y resistencia, que atinge no solo al conflicto español-aymara, sino a la confrontación cultura occidental-culturas indígenas. 

Considero que la publicación (no obstante la desprolijidad editorial de Plural) es una contribución mayor a esta temática fundamental. No había leído yo un texto tan revelador desde La máscara de piedra de Fernando Montes; y desafiante, en este caso, porque al develar pensamientos en interacción, viene a interpelar nuestras formas contemporáneas de encarar las comunicaciones, la economía, la educación, la historia, el arte y —desde luego— el buen gobierno. Hay que celebrar.

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