Columnistas

El estancamiento de Putin

Creo que en unas décadas estaremos contentos si Obama eligiese el camino  de Eisenhower

La Razón (Edición Impresa) / Fareed Zakaria

00:20 / 31 de octubre de 2015

Vladímir Putin tiene estancados a los que dirigen la política exterior de EEUU. Un columnista admira la “firmeza” que lo ha colocado “en el asiento del conductor” en el Medio Oriente. Un diplomático veterano observa seriamente: “es el menor cambio desde la Segunda Guerra Mundial para la influencia y el compromiso de EEUU en la región”. Un erudito sobrio declara: “Ni Rusia ha estado tan asertiva ni Washington tan conforme desde la finalización de la Guerra Fría, un cuarto de siglo atrás”.

Es cierto que ya ha transcurrido un cuarto de siglo desde que Moscú fue tan intervencionista fuera de sus fronteras. La última vez que realizó este tipo de acciones, a fines de la década de los 70 y 80, invadió Afganistán e intervino en varios otros países. En ese entonces, los comentaristas igualmente aclamaron esas acciones como signos de que Moscú estaba ganando la Guerra Fría. ¿Cómo funcionó eso para la Unión Soviética?

Las élites de política exterior de Washington han desarrollado una actitud que confunde actividad por logro. Asumen que cada crisis en el mundo puede y debería ser resuelta por una afirmación vigorosa de poder estadounidense, preferentemente militar. La incapacidad de hacerlo significa pasividad y produce debilidad. Según esta lógica, Rusia e Irán son los nuevos señores del Medio Oriente. Sin importar que esos países estén tratando desesperadamente de reforzar un aliado que está naufragando. Su cliente, los alawitas de Siria, son un régimen minoritario que representan menos del 15% de la población del país y que están enfrentando  insurrecciones mortales. Irán está drenando los recursos en Siria. Además, si Rusia e Irán ganan, de alguna manera, en contra de lo esperado, obtienen Siria, que es una caldera y no un premio. EEUU ha estado en el “asiento del conductor” en Afganistán ahora por 14 años. ¿Acaso eso los ha fortalecido?

En las décadas de los 70 y 80, los poderes más grandes de Europa estaban luchando para ganar influencia en África, las últimas tierras del mundo sin reclamar. Todas las naciones menos una: Alemania. Su canciller con mirada de acero, Otto von Bismarck, creía que tal intervención gastaría el poder de Alemania y desviaría su enfoque de sus desafíos estratégicos centrales. Cuando se le mostró un mapa del continente para tentarlo, él respondió: “su mapa de África está muy bien pero mi mapa de África yace en Europa. Aquí está Rusia y aquí está Francia y nosotros estamos en el medio. Ése es mi mapa de África”.

Si los intervencionistas actuales se salieran con la suya y el presidente Obama intensificara su poder y el régimen de Assad cayera. ¿Cuál sería el resultado? Aquí hay algunas pistas. Washington destituyó el régimen de Saddam Hussein en Irak (el vecino de Siria, con muchas de las mismas tribus y divisiones). Hizo más en Irak que cualquiera haya pedido por Siria, colocar 170.000 soldados en el terreno y gastar cerca de dos billones. Y, sin embargo, resultó una catástrofe, con aproximadamente cuatro millones de civiles siendo desplazados y al menos 150.000 asesinados. Washington destituyó al régimen de Muamar el Gadafi en Libia pero eligió dejar la construcción de la nación para los locales. El resultado ha sido lo que The New Yorker llama “un desierto aguerrido”. En Yemen, EEUU apoyó el cambio del gobierno y las nuevas elecciones. El resultado fue una guerra civil que está dividiendo al país. Aquellos que están tan justificados y seguros de que esta próxima intervención salvaría vidas, deberían detenerse y sopesar las consecuencias humanitarias de las últimas tres.

En la biografía que escribió Niall Ferguson acerca de la juventud de Henry Kissinger, me asombró cómo el ambiente actual se asemeja al de 1950. Tenemos la idea de que esa década es la máxima marca de agua de EEUU pero, en ese tiempo, las élites de política exterior estaban desesperadas de que Washington se encontraba pasivo y paralizado frente al activismo soviético. “Quince años más de (tal) deterioro para nuestra posición en el mundo” escribió Kissinger al comenzar su libro de 1961, La necesidad del cambio, “nos encontraría reducidos a encerrar a EEUU en un mundo en el que nos habíamos convertido ampliamente irrelevantes”. Pocos años atrás, en el libro que lanzó su carrera, Armas nucleares y política exterior, Kissinger había abogado por el empleo táctico de armas nucleares para responder al activismo soviético. Y Kissinger fue uno de los más sobrios e inteligentes del montón.

En la década de los 50 abundaron lo que parecen ser en retrospectiva propuestas peligrosas diseñadas para demostrar el vigor de EEUU, desde la destitución de Gamal Abdel Nasser en Egipto a confrontaciones militares en Hungría, hasta el uso de armas nucleares sobre Taiwán. Los expertos estaban escandalizados de que Vietnam del Norte y Cuba se habían convertido en comunistas mientras que EEUU solo se sentó y observó.

En medio de este clamor para la acción, un hombre, el presidente Dwight Eisenhower, mantuvo su frialdad, incluso luego de que cayera en las encuestas. La administración Kennedy/Johnson finalizó con la pasividad, notablemente en Cuba y Vietnam, con resultados desastrosos. Yo creo que dentro de unas décadas estaremos contentos si Barack Obama eligiese el camino de Eisenhower para obtener el poder mundial y no el de Putin.

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