Columnistas

Dos estómagos

La Razón (Edición Impresa) / Édgar Arandia

00:00 / 23 de marzo de 2014

Una de las grandes diferencias que tenemos con la cultura occidental es la matriz civilizatoria indígena de la economía bidimensional, enfrentada con la  tradición judeo-cristiana y la relación de  los europeos con la tierra. Eso generó un abismo entre el mundo indígena con dos estómagos y los conquistadores con uno solo, enorme e insaciable. Esta fractura se develó a partir de 1532, durante la invasión al Tawantinsuyu que desestructuró la red social preexistente, y, en este proceso, se deterioró la reproducción de la ritualidad religiosa andina que es, precisamente, “la matriz gestora del sistema tecnológico”, que permitía la producción agrícola, tal como afirma Van Kessel (1988). Con la extirpación de las idolatrías (siglo XVI), tuvieron que ser subsumidos muchos conocimientos y tecnologías, y los rituales fueron camuflados con un envoltorio y ropaje cristiano para evitar su desaparición.

Muchas de estas prácticas tecnológicas y rituales sufrieron una merma considerable con las sucesivas olas de presidentes republicanos que miraban los avances promovidos por  la modernidad e ignoraban lo que estaba frente a sus narices: la cultura agrocéntrica del mundo indígena, base de la economía bidimensional.

La principal tarea de la actividad económica andina es “la crianza de la vida” como el supremo valor dimensional, una parte material y la otra espiritual, también explicada desde la metaeconomía. Así, para los habitantes andinos, la economía no es una actividad autónoma, separada e independiente de otras actividades no económicas, como el juego, la religión, la fiesta, el deporte o la política. “Economía y tecnología productiva son para el andino: la crianza de la vida y saber criarla. Por eso abarca la vida en todas sus formas, dimensiones y aspectos: la vida del runa (la vida de los seres humanos), de la sallqa (la vida silvestre) y de los wacas (los espacios sagrados donde se venera la vida)”, tal como las categoriza Van Keesel.

El punto nodal de la cosmovisión andina es la chacra, como la expresión más clara del diálogo y la reciprocidad entre la sociedad, la naturaleza y las deidades telúricas.

Es así que los cerros son los poderosos guardianes de los suelos, las aguas, la flora y la fauna, convertidos en Apus sacros. Éstos permiten que “la sociedad organizada, que también se encuentra bajo su protección, solicite para su uso parte de tales recursos, que son entregados a condición de cumplir las normas de moral cósmica, que son específicas a cada lugar, por la gran variabilidad ecológica del espacio andino, necesarias para preservar el flujo vital universal” (E. Grillo. 1990). Ésta es la razón para que constantemente se agradezca y pida permiso a la Pachamama antes de emprender cualquier tarea de consumo o producción.

La chacra, entonces, es un universo  en un espacio específico del que los seres humanos somos parte y vive junto a nosotros; así una hormiga y una minúscula flor son  importantes. Cada  chacra  es fruto de un trabajo intenso y delicado para insuflarle su identidad. Es el escenario de las relaciones sociales entre parientes, compadres y amigos, lugar donde ocurre el trabajo colectivo (mink’a, ayni), siempre en un ambiente de fiesta, uniendo a la familia con las divinidades cósmicas. Es el lugar de encuentro de la sociedad y de la naturaleza, así como de lo humano con lo divino que  se prolonga en el pastoreo, las ferias dominicales, las actividades comerciales, deportivas, artísticas y  sociales.

Los siglos que se emplearon para la domesticación de la papa, la quinua, la kiwicha, entre otros alimentos, por ejemplo, no hubiera sido posible sin estos laboratorios en los que los seres humanos, como parte de la naturaleza, lograron entender y sentir con los cuerpos los comportamientos climáticos en los distintos niveles de sus territorios.

Muchas culturas campesinas tienen algunos rasgos concordantes, pero la creación de latifundios arrinconó a la dimensión espiritual de la economía y los resultados ya se expresan de manera agresiva en el medio ambiente; eso manifiesta que los seres humanos tenemos dos estómagos, uno material y otro espiritual.

Es artista y antropólogo.

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