Columnistas

La ética del capitán

Pequeños, insignificantes ante el crecido universo, tenemos la posibilidad de elegir

La Razón / Óscar Díaz Arnau es periodista y escritor.

02:45 / 23 de enero de 2012

Qué pasó con los tiempos en los que el capitán era el último en abandonar el barco? Se los llevó la marea… ¿Hace mucho? Probablemente. O quizá el capitán nunca fue el último, sino que hubo de ser involucrado en la engañifa del mito, de la tradición popular, de la frase hecha para que la humanidad, cual caballo cochero, no se desviara de la senda “correcta”. La ética, en estos días de piedras en el camino de los barcos, se mide en el mar Tirreno como si la infinita mancha de agua azul pudiera ser envasada en cualquier cocina de casa y observada con centilitros de sensatez.

Aristóteles, en medio de sus disquisiciones acerca de la libertad del hombre, puso de ejemplo —vaya casualidad— el de un capitán de barco griego al que se le presenta el dilema de arrojar o no la carga para evitar el naufragio. Lo suyo es, también, cuestión de vida o muerte. Se enfrenta a la confluencia de una doble presión: por un lado, la de sus superiores, que le exigen llevar la embarcación y la mercadería a buen puerto. Por el otro, la de salvar a su tripulación y a sí mismo.

Como parte de su libertad, tiene una poderosa herramienta: la facultad de elegir lo que, a su juicio, le conviene. Pero asimismo, esta posibilidad implica la responsabilidad de asumir las consecuencias de lo que vaya a elegir, una situación que muchas veces no es nada grata y se quisiera evitar porque la disyuntiva no siempre entraña el deseo de quedarse con una opción: es la angustia de escoger. “Estamos condenados a la libertad”, decía Jean-Paul Sartre.

El capitán del crucero italiano Costa Concordia, aunque él asegura que cayó al mar y luego no pudo retornar al barco (para cumplir lo que manda la ética profesional: ser el último en abandonarlo), al parecer optó por salvarse en cuanto tuvo la oportunidad, y dejó a los demás librados a su suerte. El instinto de supervivencia, el pánico, la familia o quién sabe qué motivos; por último, su lado más perverso (que lo tenemos todos y sale a flote cuando el agua nos llega al cuello) le hizo traicionar un principio elemental de la actividad marinera. Al mismo tiempo colmó el vaso azul de cocina casera para saciedad de nuestro morbo, el que vanidosamente llamamos inteligencia.

Se huele en la cocina que lo hecho por el capitán es malo. ¿Cuán malo? ¿Él, en sí, es malo o solo lo que hizo puede ser considerado como tal? “Pues todo animal consciente de estar en peligro de muerte se vuelve loco. Loco miedoso, loco astuto, loco malvado, loco que huye, loco servil, loco odiador, loco embrollador, loco asesino” (Tony Duvert). “Es la debilidad del hombre lo que le hace sociable; son nuestras comunes miserias las que inclinan nuestros corazones a la humanidad” (Jean-Jacques Rousseau).

Pequeños, insignificantes ante el crecido universo, tenemos la posibilidad de elegir. Pero como nos fascina escudriñar la paja en el ojo ajeno (otra vez la trampa del refranero), la elección del otro cuenta más que la nuestra. Nos sentimos provistos de la suficiencia moral para juzgar la ética del capitán, pero no aceptamos la tempestad que cae sobre nuestro cuerpo de simples marineros en tierra cuando nos endilgan supuestas faltas a las “buenas costumbres” y a otros códigos de la sociedad moral.

De la ley de los mares nos venimos a empapar ahora nosotros, los mediterráneos: ¡dónde no hay cocina! De mi parte, mientras avanzo en el análisis de los centilitros de agua azul que me corresponden, más crecen mis sospechas de que los capitanes correctos no existieron nunca. Discúlpenme, pero no seré yo quien hunda la lancha en la que escapa el capitán. Que lo juzguen otros.

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