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¿Dónde está mi etnia?

El mestizaje refleja la dinámica de 500 años de historia que no se puede borrar ni desconocer

La Razón / Salvador Romero Pittari

00:13 / 05 de enero de 2012

Sebastián Apaza Dorado recibió la boleta censal en su rancho en las cercanías de San Julián. La pregunta sobre su identificación étnica lo dejó perplejo. ¿Con cuál de las 55 etnias debía identificarse? Sebastián es hijo de un migrante venido al Oriente a fines de los años 90, desde un caserío de Sica Sica, en busca de mejores oportunidades de vida, educación, salud, tierras para él y los suyos. Mientras su padre permaneció en Santa Cruz, haciendo diferentes oficios, conoció y se casó con Justa Dorado.

A pesar del nombre español, Justa era de origen Guarayo. Su pertenencia a este grupo no se reflejaba en la lengua, pues solo hablaba castellano, con el dejo oriental, repleto de proverbios populares, los cuales le servían de orientaciones de conducta. Si se deja de lado algún criterio físico, de dudoso uso, algo de su proveniencia cultural aparecía en la comida. Nada de esto la molestó nunca. De esa unión nació Sebastián. Cuando Sebastián y sus hermanos se trasladaron a San Julián, el idioma de la familia era el de Justa, con una que otra expresión aymara del padre.

¿Qué categoría marcar para dar satisfacción al cuestionario?

Una historia corriente, no diferente a la de la gran mayoría de la población del país. La familia de Sebastián, como muchos de nosotros, seguramente respondería: Otro. Casilla que en buen romance, ahora sospechoso de colonialismo, acoge a los mestizos y no solo a algún irlandés extraviado en estas tierras, previa justificación, como pretende una autoridad.

El mestizo no es una categoría residual de una papeleta censal, tampoco de la sociedad boliviana. Presente en el campo y las ciudades, incluye, de acuerdo con las últimas encuestas, a más del 70% de la población. Orgulloso de sus raíces indígenas y españolas, a menudo salpimentada con otros antepasados llegados de todas las geografías del mundo, refleja la dinámica de 500 años de la historia y el presente de Bolivia, que no se puede borrar ni desconocer intentando retrotraer el reloj a un momento ya definitivamente ido.

Por supuesto que el mestizaje es una identidad en construcción, como todas las demás. Hay que acabar con el mito de las identidades establecidas de una vez y para siempre, resabio de un esencialismo metafísico que sella la vida desde el nacimiento hasta la muerte del individuo. Se teje y se desteje en momentos insospechados de la biografías personales, en los cuales la existencia da un vuelco cuando el sujeto se trasforma en otro, se reinventa en cualquier forma, aunque resabios de antes puedan quedar. El Camino de Damasco no es el del común.

La investigación actual, por otra parte, descubre que la identidad es múltiple, cambiante, ajena a las clasificaciones frías de los administradores y los políticos. En sus mutaciones sigue generalmente los cambios de los grupos de pertenencia o de referencia y aun del mundo. Ya lo dijo N. Elías, los hombres no son átomos sin contacto con su entorno social, forjan  identidades, creencias, sentimientos y acciones, en un diálogo consigo mismos y con el exterior, fluido en permanencia. Negar el mestizaje y construir un orden tribal es desconocer las bases de la democracia multicultural y exacerbar la violencia y los conflictos como se evidencia hoy.

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