Columnistas

Mis experiencias con Claudio Pou

Todos los que hemos trabajado con él resaltamos su gran coherencia entre lo que decía y lo que hacía

La Razón (Edición Impresa) / Tejiendo pistas - Xavier Albó

00:00 / 22 de junio de 2014

Inesperadamente se nos fue Claudio Pou el sábado 14 de junio, con un fulminante derrame cerebral. Es el jesuita boliviano con el que más he compartido, ya desde niños. Nacidos ambos en 1934, nos conocimos desde nuestros 12 años en el mismo colegio San Ignacio, de Barcelona, donde juntos maduramos nuestra vocación y juntos entramos al noviciado en 1951. A los pocos meses nos destinaron, junto con otros ocho misioneros, a Bolivia para fundar un noviciado en Cochabamba, a donde llegamos en agosto de 1952, cuatro meses después del célebre 9 de abril.

Buenos tiempos para ver cómo se trasformaba el país. En 1954, de nuevo viajamos juntos hasta Quito, otros cuatro años que nos abrieron al resto de Latinoamérica con jesuitas del Ecuador, Perú, México y toda Centroamérica (incluidos Fernando Cardenal y los futuros mártires del Salvador). Los bolivianos nos sentíamos orgullosos por la Revolución del 52 y su Reforma Agraria, mientras ahí todavía seguían las haciendas con sus pongos... Ya entonces urgían desde Roma que los jesuitas nos preparáramos en lo social. Claudio sacó un doctorado sobre reformas agrarias y de allí fue enviado a Roma para más estudios sociales. Nos reencontramos en 1961 en Barcelona para estudiar teología, cuando empezaba el Concilio Vaticano II, un periodo agitado y creativo en la Iglesia. Nos ordenamos sacerdotes juntos en 1964, con otros veintitantos, y nos reencontramos de nuevo con él y Gustavo Iturralde en Estados Unidos, para la última fase de formación jesuita: una especie de segundo noviciado, esa vez con gente de los cinco continentes. De ahí  ambos nos metimos a otro doctorado: él, de economía agraria, en Iowa; yo, de antropología y lingüística, en Cornell.

Ya de retorno en Bolivia, él fue el “liberado” por consenso para planificar todo el trabajo de los jesuitas. Fueron tres años intensos y creativos que marcaron nuestro trabajo durante décadas. En 1983, todo el Altiplano sufrió la peor sequía del siglo y él fue convocado de nuevo para a ayudar a iglesias, instituciones y organizaciones indígenas a trabajar al unísono para la recuperación. En 1988 se le llamó al Chaco guaraní para elaborar un diagnóstico y planificación conjunta, de la que nació la APG y también una metodología de praxis dialéctica (acción > investigación > acción...), que Cipca fue aplicando a diferentes regiones.

Entonces Claudio ya era miembro pleno de esa institución, que es también la mía. Trabajaba con una inmensa pantalla y una mesa larga para aderezar cada informe al paladar y estilo peculiar de cada financiadora; tarea casi imposible pero que él sí supo hacer. Casi como hobby, fue el alma del ágil estilo de la revista Cuarto Intermedio y sus calendarios-planning anuales...

Todos los que hemos trabajado con él resaltamos su gran coherencia entre lo que decía y lo que hacía sin figurar. Como pocos, se imponía metas altas: si hay que meterse en algo, hay que hacerlo “¡bien!”. A la vez, sabía irradiar cariño, servicio y compromiso en su contorno. Fue siempre un creyente profundo, con su estilo “irreverente” (como el de Cristo) frente a los que se traban en formalismos. Un ejemplo eran las misas cantadas y únicas en nuestra comunidad Yanacocha, de la que él fue el primer y último superior, hasta que la comunidad se fusionó con otras previas. Su último recuerdo consciente, tras el derrame cerebral, fue el poema: “¡La vida es bella, que no sepamos vivir, no es culpa de ella!”, que él se repetía cuando afrontaba alguna crisis.

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