Columnistas

De exploradores y mineros

Las pugnas políticas y la retórica partidaria siempre nos condujeron al retroceso.

La Razón (Edición Impresa) / Dionisio J. Garzón

01:26 / 01 de septiembre de 2017

Vivimos tiempos realmente inéditos por la arremetida del mundo virtual en el quehacer de la gente. Hoy es más importante el show mediático que traspasa todas las fronteras que la dura realidad, a la que opaca completamente. En los últimos días hemos sido testigos de poses tan inusuales como el último desafío del Presidente a líderes de la oposición para entrar al TIPNIS y ver quién tiene mejores aptitudes para desenvolverse en aquel santuario natural (¿del tipo Indiana Jones, el popular héroe cinematográfico?); o aquella de refrescarnos la memoria diciendo que las reservas de litio del salar de Uyuni serían más de 56 millones de toneladas y no las esmirriadas 9 millones que consigna el Servicio Geológico de Estados Unidos (Mineral Commodity Summaries, USGS 2017). O afirmar que el prospecto de Mallku Khota tiene más plata que San Cristóbal y es la reserva más grande de indio del planeta; o que el Mutún tiene una de las mayores reservas mundiales de hierro y que la siderurgia está a la vuelta de la esquina. Y así podemos seguir. ¿Qué deberíamos hacer ante este reiterado aluvión virtual?

En el estilo de esta columna, reitero que el potencial minero del país siempre fue evidente para propios y extraños; pero una cosa es el potencial y otra muy distinta la capacidad del país para desarrollarlo en beneficio del pueblo boliviano. El Cerro Rico de Potosí es (fue) la mayor concentración geoquímica de plata del planeta. La veta Tajo de Pulacayo fue la estructura vetiforme de minerales de plata más profunda. La veta Salvadora de Llallagua fue la explotación subterránea de minerales de estaño más grande de la que se tenga noticia, y podemos seguir. Potosí dio origen al capitalismo europeo y dejó para el país la mita y socavones de angustia que aún hoy siguen produciendo como aquel entonces. Pulacayo se nacionalizó y años después fue abandonado por las altas temperaturas en las faenas profundas que no supimos enmendar.

La Salvadora alimentó por décadas las fundiciones de Liverpool, y solo después de muchos años de lucha proporcionó minerales a una fundición nacional, la estatal Vinto, y a otras privadas. La tecnología minera de entonces es ahora solo un recuerdo, hemos vuelto a los socavones de angustia en aquel distrito. Nunca pudimos desarrollar una industria minera nacional; las pugnas políticas y la retórica partidaria siempre nos condujeron al retroceso. Ayer como hoy era más importante la pose política que la planificación científica y la investigación; la lucha por el excedente minero que la inversión en el desarrollo de un portafolio respetable de proyectos.

Hoy repetimos la historia. Vivimos de anuncios grandilocuentes cuando sabemos que el proyecto de litio del salar está tan desfasado que solo un inesperado cambio lo podría igualar con el avance de los vecinos (Chile y Argentina) en la cooptación de futuros mercados para componentes de baterías de ion litio para carros eléctricos e híbridos, o para sales de potasio para la industria de fertilizantes. Sabemos también que Mallku Khota se debate en el dilema de implementar un proyecto de escala en una zona de un delicado ecosistema, cuyas fuentes de agua se verán amenazadas y hará falta una proeza singular para contentar a mineros y “pachamamistas”. Sabemos también que el Mutún tiene tantas desventajas que la siderurgia no está a la vuelta de la esquina, sino quién sabe a cuantos años, y podemos seguir.

La industria minera aquí y en el resto del mundo es producto de investigación, planificación, duro y silencioso trabajo, políticas adecuadas y complementariedad de esfuerzos. Ni Indiana Jones ni ningún otro súper héroe tienen cabida en este esquema que quema, pero es eficiente. 

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