Columnistas

El fantasma de Hiroshima

Esas bombas hicieron su trabajo demasiado rápido, sin hacer distinción entre civiles y militares.

La Razón (Edición Impresa) / Juan Carlos Zambrana Gutiérrez

00:17 / 10 de agosto de 2016

Como profesional de las relaciones internacionales procuro siempre una mayor comprensión de los factores causales que determinan la conducta de los estadistas y los altos mandos militares, pero en estos primeros días de agosto mi mundo de certezas adquiridas volvió a tambalearse. Ante mí, una taza de café, y en la pantalla del computador la imagen de una seta de proporción metropolitana se alzó altiva en su volátil y efímera existencia hasta alcanzar a tocar las nubes, desde donde contempló, implacable, las sombras de 120.000 víctimas (White, 2012) que nada pudieron hacer para resistir tan repentina destrucción: se reproducía el video en el que el Niño Pequeño (Litle boy) convertía en cenizas y en despojos humanos a los pobladores de la ciudad japonesa de Hiroshima, el 6 de agosto de 1945.

Contemplé aquella nube de muerte, y a su reencarnación, Hombre gordo (Fat man), que hizo su espantosa aparición tres días después, en la ciudad japonesa de Nagasaki, terminando con la vida de 49.000 de sus habitantes. —Cómo pudo el presidente de Estados Unidos decidir una medida como ésta, me pregunté, sobre todo cuando la victoria absoluta de los aliados en la Segunda Guerra Mundial no dependía del uso de bombas atómicas en áreas urbanas. Esas bombas hicieron su trabajo demasiado rápido y sin hacer distinción entre civiles y militares.

Me sumergí en los libros en busca de respuestas, y el historiador británico Eric Hobsbawm ofreció una explicación. En Historia del Siglo XX apuntó que una de las transformaciones que las dos guerras mundiales trajeron consigo consistió precisamente en que “los gobiernos democráticos no pudieron resistir la tentación de salvar las vidas de sus ciudadanos mediante el desprecio absoluto de la vida de las personas de los países enemigos”.Disconforme, me apresuré a consultar a otros historiadores, y me sorprendió la cantidad de opiniones que apuntan en el mismo sentido. Entre ellas la de

Max Hastings, autor de Se desataron todos los infiernos, en donde declara que “en el transcurso de la guerra había sido necesario realizar muchos actos terribles para avanzar en la causa de la victoria aliada; también hubo que asistir a matanzas enormes. En agosto de 1945, para los jefes aliados, las vidas de su propia gente terminaron siendo muy apreciadas, y las de sus enemigos, muy prescindibles”.

Empecé a sentir náuseas, y entonces comprobé que Hobsbawm supo atribuir esta conducta a dos factores causales: el paso de la guerra masiva a la guerra total, y la nueva impersonalidad con la que se combatía. Respecto de esto último escribió: “Lo que había en tierra bajo los aviones bombarderos no eran personas a punto de ser quemadas y destrozadas, sino simples blancos. Jóvenes pacíficos que sin duda nunca se habrían creído capaces de hundir una bayoneta en el vientre de una muchacha embarazada tenían menos problemas para lanzar bombas de gran poder explosivo sobre Londres o Berlín, o bombas nucleares en Nagasaki”.

En suma, agosto es un mes difícil para mi consciencia histórica, porque si bien han pasado 71 años sin que las armas nucleares se hayan vuelto a utilizar en la guerra, pienso que aquel desprecio absoluto por la vida de las personas de países enemigos pervive hoy en día en la mente de algunos estadistas y en sus altos mandos militares, materializándose en las zonas de guerra, pero con mayor discreción.

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