Columnistas

De fantasmas evanecidos y libretos repetidos

El ejercicio del poder del comunismo lo enterró más firmemente que sus propios enemigos.

La Razón (Edición Impresa) / José Rafael Vilar

00:41 / 11 de septiembre de 2018

Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”. Así empezaba el Manifiesto del Partido Comunista que Karl Marx y Friedrich Engels publicaron en 1848. Ciento setenta años después, ¿qué queda de ese fantasma? Su ejercicio del poder (soviético, maoísta, socialismo del siglo 21, e incluso “tercermundista”) lo enterró más firmemente que sus enemigos. Resulta paradójico que sus ideales de lucha de clases antagónicas hayan provenido de los ideales “de la igualdad social y política, de la libertad, de las virtudes cívicas y de la unidad popular” abanderados por las revoluciones liberales, sobre todo de los de las Trece colonias (génesis del “gran enemigo” por antonomasia, y némesis recurrida de muchos discursos ideológicos afines). También resulta paradójico que esos postulados, argumentados desde la economía en El Capital de Marx, se los saltara primero Vladímir Lenin y sus sucesores tras la Revolución de octubre (“el eslabón más débil”); y más recientemente los reformulara Thomas Piketty (El capital en el siglo XXI), con la corrección de las desigualdades distributivas de la riqueza desde dentro del mismo sistema capitalista.

En Latinoamérica muchas de las experiencias de justicia social han terminado pervertidas por dos graves flagelos incrustados en sus endogénesis: el caudillismo y la corrupción; a partir de los cuales parten sus demás vicios: desinstitucionalización, prebendalismo y clientelismo, prorroguismo, discrecionalidad, mesianismo y paternalismo, arbitrariedad; y como complemento sus “enemigos” maniqueos: “la derecha” y “el imperialismo”.

Arropados bajo banderas de presunto “progresismo”, en ejercicio de alteridad se autoarrogan ser “la izquierda” a ambos lados del Atlántico y, como describe la escritora venezolana Gisela Kozak Rovero en La izquierda que América Latina necesita (y la que no) (The New York Times, 27/08/2018), “insiste en una retórica beligerante y divisionista que recuerda a la Guerra Fría, carece de suficiente audacia en el terreno económico y hace demasiadas concesiones al autoritarismo represivo. La izquierda latinoamericana (…) se ha rehusado a abandonar una retórica antineoliberal anquilosada (y) conserva un discurso populista que apela a los recuerdos de un pasado [supuestamente, acotaría yo] venturoso de Estados paternalistas. (…) Pese a su legítima preocupación por la desigualdad, la izquierda no parece entender la economía del siglo XXI, diversa y globalizada”. Repitiendo machaconamente errores, esa “izquierda” obvia lo imprescindible: “(…) incorporar en su proyecto económico a tres (…) ausentes: el empresario, la creatividad individual y el mérito”.

Hoy, Venezuela y Nicaragua se despeñan en la crisis y la represión; Bolivia apuesta por el prorroguismo como “tabla de salvación” del poder instalado; en Argentina y Brasil el lulismo y el kirchnerismo acabaron (por su herencia y a pesar de los problemas de quienes le siguieron); y en Cuba, epítome de esa izquierda y parangón de esas nostalgias, intenta reformar, con más premura que calma, su sistema económico para apuntalar el poder político. Es ahora cuando prejuicios, errores y vicios, junto con utopías demostradas como erradas deben desecharse y entender el “Vivir bien” como una vía de “vivir” en una economía del bienestar asentada en el bien común, como describió el premio Nobel neokeynesiano Paul Samuelson.

Cierro con otro premio Nobel neokeynesiano: “El verdadero debate hoy en día gira en torno a encontrar el balance correcto entre el mercado y el Gobierno. Ambos son necesarios. Cada uno puede complementar al otro” (D. Altmann: Preguntas y respuestas con Joseph Stiglitz, International Herald Tribune, 11/10/2006).

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