Columnistas

La fiesta ya no es nuestra

Hasbún escribe  para redimirse, para entender que ese mundo interior es como la vida misma

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

01:25 / 25 de junio de 2014

La fiesta ya no es nuestra”, le dice un personaje a otro. Son treintañeros o quizás rozan los cuarenta. Algunos ya tienen hijas adolescentes. Y se sienten fuera de lugar. O la ciudad o el país están fuera de lugar. No lo saben. Son tipos huraños con fatalidades a su alrededor. Recuerdan sus mejores años, cuando todo estaba por delante, cuando todo estaba por hacer (como en la ciudad, como en el país).  Ahora lucen extraviados, nostálgicos, patéticamente románticos. En realidad son fantasmitas, sombras que apenas se sobreponen a nada. El fracaso y la tristeza empantanada han llegado para quedarse: afuera siguen las noches de sexo malo, el vino, la marihuana y la cocaína para hacerlo todo más falso. Estamos en el universo de Rodrigo Tico Hasbún.

El escritor ha presentado la semana pasada en su Cochabamba natal su nuevo libro de relatos. Se llama Cuatro, editados por el sello El Cuervo. Hasbún había ya lanzado una novela (El lugar del cuerpo, publicada ahora de nuevo en Perú por una editorial independiente) y dos volúmenes de cuento (Cinco y Los días más felices).

Hasbún parece una persona triste. Habla poco y su frase favorita tendría que ser “preferiría no hacerlo”, como el célebre cuento de Melville. El otro día leí una vieja entrevista a Silvio Rodríguez y el preguntador (un amigo suyo de añazos, Amaury Pérez) sacaba una conclusión después de décadas compartidas: eres una persona triste, por tus canciones, tus letras, tu manera de estar. Y Silvio admitía la condición a regañadientes,  para luego hablar de sinónimos de tristeza: mundo interior, introspección, universo abstracto, capacidad de sumergirte, viajar hacia las conjeturas más extrañas. Tristeza.

Y entonces me vinieron a la cabeza los personajes de Hasbún, nuestro escritor triste que escribe para redimirse, para entender que ese mundo interior (de fracasos y pequeñas alegrías olvidadas) es como la vida misma, que quizás en el fondo todo es escritura, que no es verdad que las cosas pasen rápidas porque en realidad nunca pasa nada. La literatura del Tico (los diálogos precisos, la narración justa, ni una palabra más ni una menos de lo necesario) no se ha vuelto nostálgica y desengañada ahora, por moda, por Messi (el emo con más plata). Siempre lo fue. Siempre hubo familias feas, abandonos, obsesiones calladas y noches de soledad. En Cuatro nos damos cuenta que siempre llegamos tarde a todo.

Quizás por eso Hasbún es reconocido fuera de nuestras fronteras: su estilo parco, sin adornos y su visión entre pesimista, triste y existencial (con la mirada atrás sobre los buenos tiempos) es el retrato de una época, la fotografía borrosa de una generación. Aquí y en la China. Ahora los personajes han regresado a su “Cocha” natal, pero las mujeres —manipuladoras, consentidas y destructivas— siguen ahí, como el dinosaurio. Los silencios siguen siendo trágicos, como siempre lo fueron y los chicos que fuimos son difíciles. El pasado nos devora, reaparece a cada rato, más para condenarnos que para salvarnos.

Escuchamos canciones que estuvieron de moda (como nosotros) o seguimos cantando en boliches vacíos de humo y perversión los mismos temas que ya huelen a viejo (como nosotros).  Al lado alguien se toma una selfie. De los jóvenes apasionados y confundidos de los primeros relatos de Hasbún hemos venido de lejos para llegar a las atmósferas oprimidas, a la insignificancia de la tragedia, a la calentura con chicas bellas pero frías, y lo que es peor, a la nostalgia de días dichosos que solo existen en nuestra imaginación fantasmal. Mirar hacia un pasado que no existe debe ser triste y deprimente. Envejecer de manera prematura, coleccionar enfermedades y contar muertos, también. De yapa, el escritor no ve a nadie leyendo libros en los cafés, en las plazas, en los micros. Bienvenido de vuelta al universo Hasbún. La fiesta hace rato que terminó.

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