Columnistas

El fracaso del pastor

¿Qué pasa con la Iglesia que mira agonizante a la dignidad, y simplemente toma nota y reporta?

La Razón (Edición Impresa) / Claudia Peña Claros

01:06 / 28 de diciembre de 2013

En Santa Cruz, todos y todas sentimos miedo. Tal vez inducidos por las noticias malas que se propagan más y mejor que las buenas, la gente percibe que la calle es peligrosa, que los desconocidos no son confiables, que cualquier cosa puede pasar.

Cada tanto escuchamos de crímenes atroces que perturban nuestras vidas. Pero no se trata solamente de lo escandaloso o inaceptable. Se trata, ante todo, de que nos hemos ido acostumbrando a convivir con la marginalidad, con la injusticia, con la desigualdad. Y en contradicción con todo aquello, en el extremo opuesto: la fiesta. Son ya costumbre a fin de año las decenas de premios que van y vienen en un intercambio infinito, así como las fiestas ostentosas.

O somos demasiado buenos, o somos demasiado malos. O somos solidarios, o dejamos al agonizante morir en el piso, ajenos a su dolor. Organizamos marchas para decir que el narcotráfico nos está carcomiendo, que dónde está la Policía, pero no nos detenemos a pensar que somos nosotros mismos, como comunidad, quienes fallamos. 

“Se pierde el sentido de la vida por un consumismo exagerado, eso es muy triste porque vamos perdiendo la dignidad humana en nuestra ciudad. Siempre ha sido una característica, porque el cruceño puede que haya sido mal hablado, derrochador, pero siempre tuvo dignidad. El respeto, la hospitalidad van desapareciendo”. Esto dijo el cardenal Julio Terrazas hace pocos días. Llama la atención la dureza de sus palabras, y el silencio posterior.

Santa Cruz de la Sierra es una ciudad aplastantemente creyente, y mayoritariamente católica. Vaya usted a cualquier iglesia: las misas están siempre llenas. Se supone que los sacerdotes son pastores, y que su misión es mantener al pueblo en el camino de Dios, que es amor. Pero la ciudad de Santa Cruz no parece una ciudad creyente, como podría sugerir aquella imagen de un cabildo, con el gobernador Rubén Costas al frente y su esposa por detrás, sosteniendo un gran crucifijo.

El cardenal Terrazas, el pastor, dice que perdemos la dignidad, y es como escuchar llover. Cuán lejos queda aquel otro pastor que hablaba y cambiaba la vida de la gente, sanaba a los enfermos, que renegaba de los ricos, del poder y de sus halagos. Aquel pastor que provocaba sed de Evangelio por donde pasaba.

La iglesia ¿dónde está? Después de los ritos y las oraciones ¿qué queda, si continúa la violencia? ¿Qué queda si permanece duro el corazón de los hombres y de las mujeres? ¿Qué pasa con la Iglesia que mira agonizante a la dignidad, y simplemente toma nota y reporta?

Hay algo que la Iglesia y sus pastores no están haciendo bien. Porque cada uno y cada una es libre de decidir, pero el objetivo de las iglesias es encarnar el Evangelio en la vida del pueblo. En cambio, a decir del mismo cardenal, estamos cada vez más lejos de Dios.

Jesús dijo: “Yo soy el buen pastor. Así como mi Padre me conoce a mí y yo conozco a mi Padre, así también yo conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí. Yo doy mi vida por las ovejas. También tengo otras ovejas que no son de este redil; y también a ellas debo traerlas”. (Juan 10:16).

El cardenal habla del consumismo pocos días antes de la Navidad y dice que estamos perdiendo la dignidad. Y nada más. Luego, todo es silencio. El consumismo vocifera, aúlla como lobo hambriento. Pero nuestro pastor no sale a gritar a los que comercian con la fe. Apenas convoca a una multitud callada, que repite palabras ya huecas de tanto ser pronunciadas. Necesitamos un buen pastor. Quizá debamos serlo nosotros mismos.

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