Columnistas

Un frío que quema

Inédito en nuestro cine, por su forma y atrevimiento, el documental arranca con el entierro del militar.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

02:28 / 12 de septiembre de 2018

Algo quema es una película insólita; y valiente. La familia Ovando exorciza sus demonios particulares, saca del ático a sus viejos fantasmas; revela y calla todos los secretos, muchas culpas, algunas vergüenzas. Mauricio Alfredo Ovando, el nieto del general, se desnuda y conjura pecados (ajenos). Inédito en nuestro cine (boliviano y latinoamericano) por forma y atrevimiento, el documental arranca con el entierro del militar (y su gorra sobre el féretro), cuatro veces presidente. Y termina con una confesión religiosa a la luz de la cerilla, entre sollozos, del mismísimo director (única aparición de la voz en off): “Familia, acepto al abuelo cariñoso, acepto al abuelo asesino, gracias por compartir”.

Algo quema es un documental de autor con tríada dialéctica hegeliana. En la tesis vemos a un abuelito tierno, a un padre encantador, a un militar impecable, a un hombre que pospone todo ante sus tres amores: Dios, familia y patria. Vemos a don Alfredo Ovando Candia como hincha de su querido Mariscal Santa Cruz (el único equipo boliviano en conquistar un título internacional, en 1970) en un match contra Wilstermann en el viejo Capriles de Cochabamba; vemos al militar pilotando un yate en el lago Titicaca; lo vemos comiendo naranjitas; y vemos también pancartas que dicen: “Bolivia está feliz con el general”.  

En la tesis, escuchamos a sus familiares hablando mil maravillas del abuelo, del padre. Dicen que aborrecía la violencia (y la política). Es la banalidad del mal que alguna vez acuñara Hannah Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén. Es la historia de una familia, es la historia del país.

En el segundo momento, en la antítesis, observamos a los mineros gritando: “Bolivia libre sí; colonia yanqui no; viva la lucha armada; viva el Che”. Escuchamos versiones sobre la rivalidad Barrientos-Ovando, destino de siameses. Presenciamos cómo el general tumba a dos presidentes (Víctor Paz y Siles Zuazo). Oímos testimonios sobre el terrorismo de Estado y nos estremecen aún palabras con destino final en Teoponte: “ni heridos ni prisioneros”. Presenciamos, de pasadita, la nacionalización de la Gulf Oil, la segunda en la historia de Bolivia. Y después, el exilio.

En la síntesis vemos una fotografía que se quema, y al director conmovido hasta las lágrimas en una confesión brutal de tres minutos: “No vamos a seguir guardando secretos, no vamos a seguir cargando un peso que desde adentro nos oprime, no podemos seguir negando la masacre de San Juan, ¿qué versión del abuelo le vamos a contar a su bisnieto Ernesto?”. Silencio, fundido en negro.

Algo quema no es un documental histórico ni quiere serlo. Es la reconstitución de una memoria particular con recursos cinematográficos de gran originalidad. Es el ensamble bien logrado entre imágenes de archivos (incluidas las de la Cinemateca), fragmentos visuales de la vida familiar y corazas personales de una familia con leyenda negra, cargada en las espaldas, en silencio, sin fundir.

Algo quema es un filme ascético y molesto, es una ópera prima que incomoda a su director, a sus protagonistas, al público. Es un “striptease” que dispara contra la amnesia colectiva (la metáfora de la abuela, negando casi todo, es cruel pero necesaria). Es un interrogatorio sin respuestas; quizás éstas se encuentran en un fuera de campo donde todo ocurre. Es otro desencanto (como la película de Jaime Chávarri sobre los Panero en España).

¿Qué es lo que quema a la familia Ovando? ¿Terminar con el dolor y cerrar la herida abierta, después de tantos años? ¿Qué es lo que se quiere demoler? La casa del general, en la avenida 20 de Octubre, entre Campos y Pinilla, está ahora en venta. Es la última metáfora. Nadie quiere vivir ahí, dentro hay muchos recuerdos, amores y pesadillas. En esa casona familiar, la nieta siente frío, más allá de los inviernos paceños. Es un frío perpetuo que quema (un oxímoron, como toda la película). Es necesario que corra el aire para ventilar, es vital este documental de Mauricio Alfredo Ovando, el nieto, para hacer este collage de un cuadro familiar/nacional que ha perdido demasiadas piezas. Era necesaria una catarsis insólita, una limpia valiente.

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