Columnistas

Estados desde las fronteras

El viejo nacionalismo es más fuerte que la  solidaridad que debería primar entre Estados hermanos

La Razón (Edición Impresa) / Esteban Ticona Alejo

00:01 / 12 de septiembre de 2015

Las imágenes de ciudadanos colombianos con algunos enseres domésticos en retirada, en un lenguaje suave, o huyendo ante el cierre de la frontera establecida por la República Bolivariana de Venezuela, me impulsan a reflexionar sobre la suerte diáspora que viven los colombianos y las colombianas en los últimos años.

Recuerdo la toma paulatina del Ecuador y particularmente la ciudad de Quito en los años 90. Estos colombianos buscaban oportunidades para desarrollarse en diferentes actividades, aprovechando la corta distancia desde la ciudad de Cali o el Cauca hasta Quito. En medio de la furia nacionalista que vivía Ecuador contra  Perú, en algún momento los ecuatorianos se cansaban de tener tanta presencia colombiana, pues entre medio estaban algunos dedicados al mundo del hampa.

Respecto a la actual crisis fronteriza, lo que más me llama la atención es que los gobernantes de los Estados de Colombia y Venezuela, extensible a muchos otros Estados, siguen practicando la herencia occidental y colonial de la política nacionalista fronteriza. ¿Hasta qué punto hemos hecho nuestro ese nacionalismo que solo permitió ver al hermano como enemigo y la búsqueda de su aniquilamiento? ¿Cuál es la particularidad de las zonas de frontera? A pesar de las supuestas “demarcaciones precisas” continúan siendo una especie de zonas francas complejas, donde conviven familias, economías, culturas, pobreza, contrabando, grupos irregulares, etc. Pero sobre todo está la ausencia del Estado nacionalista, que solo aparece en las intervenciones militares. Posiblemente las zonas de frontera sean buenos parámetros para saber qué tipo de sociedad somos y bajo qué mezquindades nos movemos, en fin. Muy pocas veces esta realidad es comprendida por los Estados-nación de nuestros países.

La frontera colombo-venezolana es, desde hace varios años, un foco de tensión bilateral y de violencia, consumada en el ingreso de grupos rebeldes colombianos a territorio venezolano para secuestrar personas, atacar puestos fronterizos y robar; además del tradicional contrabando y tráfico de drogas. Las agresiones armadas al territorio y al Estado de Venezuela contra civiles y militares es cada día más grave. Al número de soldados y civiles venezolanos muertos y heridos, víctimas de la acción armada de la narcoguerrilla, hay que sumarle el hostigamiento diario que se comete contra la vida productiva económica y social de la región, contra trabajadores, productores, comerciantes y empresarios, secuestrados y chantajeados con el pago de “vacunas” y rescates, a cambio de sus vidas y la de sus familiares.

En estos últimos días la Fuerza Armada Nacional Venezolana incrementó su presencia en la frontera que comparte con Colombia, asegurando que los guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y del Ejército de Liberación Nacional (ELN) tienen campamentos en territorio venezolano; por tal motivo, decidieron reforzar las unidades militares y el parque de armas y equipos destacados a lo largo de la frontera que comparten con el país vecino.

¿Pero el cierre de la frontera y la intervención militar constituye una solución contra un viejo problema? La retórica de la patria grande Latinoamericana o de la Gran Colombia de los políticos-gobernantes de nuestros Estados en la práctica está atravesada por la profunda mezquindad y la incomprensión de viejos problemas de exclusión de sectores sociales que viven en esas fronteras. Muy poca acción han tomado en este problema los organismos internacionales, incluidos los más recientes como la Unasur. Pareciera que el viejo nacionalismo es más fuerte que los postulados de hermandad y solidaridad que deberían primar entre los Estados latinoamericanos. Janipiniw akch’a walikiti khaya anqa markana. Colombia ukhamari Venezuela wal phiñasin thakhiriwa saran munapxi.

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