Columnistas

Tan fuerte, tan cerca

Ni un asomo de arrepentimiento, ni siquiera de duda, ante la magnitud del atropello.

La Razón / Ricardo Paz Ballivián

03:05 / 12 de marzo de 2012

Este artículo no trata de la más reciente película protagonizada por el actor Tom Hanks, Sandra Bullock y la revelación Thomas Horn, dirigidos por Stephen Daldry, sino de algo incomprensiblemente brutal que sucedió la semana pasada en la comunidad de Quila Quila, ubicada a 40 kilómetros de Sucre, cuando una turba enardecida enterró vivos a dos sujetos, de los que no se sabe su identidad y que fueron sorprendidos cuando salían por la ventana del templo comunal. El supuesto botín que les costó una muerte horrenda a esos dos desconocidos consiste en cuadros antiguos, candelabros y adornos elaborados en pan de oro. Según la Policía, los presuntos ladrones, después de ser flagelados, fueron enterrados vivos cerca de la iglesia.

Los perpetradores del crimen, después de haber cometido la locura, justificaban su actuación afirmando que estaban cansados de tanto maleante que pulula por la zona, y que por supuesto se hallaban prestos a repetir su conducta las veces que fuera necesario hasta erradicar la lacra que dicen combatir. Ni un asomo de arrepentimiento, ni siquiera de duda ante la magnitud del atropello. Cuando un periodista se atrevió a cuestionar la validez del ajusticiamiento, basado en la eventual inocencia de los enterrados vivos, alguien de atrás le gritó que así les iba a ir a “todos los extraños” que osen transitar por el lugar.

Los “extraños” fueron apresados, juzgados, sentenciados y ajusticiados de manera sumarísima y con una crueldad inimaginable. Adicionalmente, tuvo que llegar a la zona una tropa de 90 uniformados para poder rescatar los cuerpos de las víctimas. Los lugareños se negaban a permitir la exhumación argumentando que todavía “podían seguir vivos”. Fueron desenterrados y encontrados, de acuerdo con la jerga forense, “en posición decúbito ventral”, maniatados con cadenas y con los rostros totalmente desfigurados.

¿Qué es lo que puede estar sucediendo en una sociedad para que sus miembros puedan actuar de manera tan fiera como bárbara? Sin duda que la anomia social que padecemos desde hace más de una década muestra su rostro más espeluznante. El debacle de las instituciones, la debilidad extrema del Estado y la consiguiente indefensión de la sociedad  hacen que retornemos aceleradamente al “estado de naturaleza”, donde no priman las leyes sino la fuerza y el arbitrio de los poderosos.

Mas no debiéramos rendirnos ante el desastre. Al caso puntual hay que dar un tratamiento expedito, ejemplar y absolutamente enmarcado en la ley. Pero más allá del terrible suceso descrito, es igualmente urgente reflexionar acerca de las razones sociológicas que están produciendo tanta violencia y descontrol. No podemos permanecer indiferentes; de alguna manera, todos estamos en la mira.    

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