Columnistas

La fundación de La Paz

Al ser trasladada la ciudad al valle de Chuquiago, se tuvo que organizar una segunda fundación

La Razón / Ramiro Prudencio Lizón

00:44 / 24 de octubre de 2012

Días atrás se conmemoró un nuevo aniversario de la fundación de  La Paz.  En efecto, el 20 de octubre de 1548 se suscribió el acta de fundación de la ciudad de Nuestra Señora de La Paz, en el templo de Laxa, por el capitán don Alonso de Mendoza como corregidor, y varios cabildantes;  acta que Alcides D’Orbigny llevó a Europa y que se conserva en el Museo Británico.

Aunque la firma del acta se llevó a cabo en Laxa, la ciudad radicó posteriormente en el valle de Chuquiago o “heredad de oro”, porque ofrecía refugio para los vientos y el frío de la puna; y además, por la existencia de agua, leña y veneros de oro, como lo dice Cieza de León en Crónica del Perú. Algunos regidores deseaban trasladar la ciudad al istmo de Yunguyo, sobre el lago Titicaca, pero parece que se impuso la voluntad del fundador, y ella permaneció en la cuenca del río Chuquiapu.

Al ser trasladada la ciudad al valle de Chuquiago, necesariamente tuvo que haber una segunda fundación, la cual se habría dado lugar un año después. Eso explicaría por qué la mayor parte de los cronistas dan la fecha de 1549 para la erección de La Paz, comenzando por el propio Cieza de León, quien la visitó al año siguiente, en 1550, alojándose en la casa de don Alonso de Mendoza.

Al contrario de lo que generalmente se cree, la ciudad no se instaló en la región de Churupampa porque ya estaba poblada. Y era prohibido por las leyes de indias que los peninsulares edificaran en terrenos pertenecientes a los nativos. Pero esa falsa creencia, originada por don Nicolás Acosta, se ha mantenido, al extremo de que la plazuela de San Sebastián, que en la Colonia no era sino parroquia de encomienda, tiene hoy el nombre de Alonso de Mendoza y allí se ha erigido el monumento al fundador. Los españoles tuvieron que escoger otro lugar, y lo hicieron en la margen izquierda del río Chuquiapu. Así, la ciudad se estableció en el emplazamiento que siempre fue su centro, con la Catedral y el Cabildo en uno de los frentes de la Plaza Mayor (hoy Plaza Murillo), y en otra, la Compañía de Jesús (en el lugar que hoy ocupa el Congreso), a la cual a principios de la era colonial se reservaba un lugar de privilegio.

El trazado en forma de damero cuyo centro era la Plaza Mayor, clásico de las ciudades españolas fundadas en América, fue realizado por el alarife Juan Gutiérrez Paniagua. Es interesante destacar el informe a la corona española de 1586, del corregidor Diego Cabeza de Vaca, en el cual expresa que La Paz, “está edificada por cuadras y calles en muy buena forma”. Ello sucedió porque Paniagua no había trabajado en Churupampa, sino en lo que es hoy el centro de la ciudad.

Cabe señalar además que los conventos de las otras órdenes, como la de los dominicos, mercedarios, agustinos y los claustros de monjas carmelitas o concebidas, se situaron a una o dos cuadras de la Plaza Mayor, según privilegios acordados. El único convento importante que se construyó lejos del centro fue San Francisco, porque los franciscanos deseaban mantenerse junto a la población nativa.

Por orden del Presidente de la Real Audiencia de Lima, don Pedro de la Gasca, el acta de la ciudad se firmó en el aniversario de la batalla de Huarina, que tuvo lugar el 20 de octubre de 1547; feroz combate en que las fuerzas rebeldes al rey, comandadas por Gonzalo Pizarro, obtuvieron gran victoria. La Gasca no deseaba festejar la derrota de las fuerzas realistas sino que los españoles tengan siempre presente tan terrible sangría.   Pero la conmemoración de semejante tragedia, como comenta don Roberto Prudencio, determinó que La Paz naciera “con olor a pólvora y este regusto por las batallas estaba destinado a perdurar, lamentablemente, pues lejos de ser un pueblo de paz, fue siempre un pueblo de guerra: levantisco, belicoso y batallador”.

Esperemos que con una democracia bien establecida, La Paz deje de tener un pueblo rebelde y se convierta en la ciudad que sus fundadores anhelaban, con un pueblo de paz y de espíritu integrador, para poder constituirse definitivamente en el centro de  unión y concordia de todos los bolivianos.

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