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¿El fútbol es para estúpidos?

El fútbol encarna a la sociedad en sus diferentes anchuras: angustias, vejámenes, vergüenzas...

La Razón (Edición Impresa) / Yuri F. Tórrez

02:04 / 15 de diciembre de 2015

Desde aquel invierno de 1978, cuando de niño dejaba mi aliento en las vitrinas donde estaban las pequeñas pantallas en las que se veía el Mundial, me emocioné por el fútbol. Ese torneo internacional, en el que Alemania se coronó campeón, permanece en mi memoria como uno de los más entrañables e históricos. A su vez, el Mundial de Brasil 2014 ocupará un lugar en la historia del fútbol, e incluso superó en su trascendencia a la propia mitología del Maracanazo, y que se plasmó en esa escena cuando los jugadores de la selección verde-amarela abandonaron cabizbajos el Mineirao, después de perder 1-7 contra Alemania. Al comentar esa “hecatombe”, el entrañable Víctor Hugo diría: “Y se veían marchar esos magníficos miserables por el mundo deslumbrados”.

Más allá de hacer un balance general sobre el balompié, deseo rescatar algunos aspectos llamativos que cuestiona aquella injusta y desproporcionada sentencia del escritor argentino Jorge Luis Borges cuando dijo: “El fútbol es universal porque la estupidez es universal”, y para que su posición sea inequívoca dictó una conferencia al respecto en el mismo horario en el que la selección argentina jugaba en el Mundial del 78.

Cuando uno rastrea el sentido de la palabra estupidez, hay un lugar común consensuado: la ausencia de inteligencia. Entonces, el estúpido es aquel carente de racionalidad y, por lo tanto, es una especie de marioneta movido por la emotividad. Posiblemente motivado por estas influencias ilustradas fue que el autor del Aleph lanzó aquella frase descomunalmente estigmatizadora y perversa, frecuentemente enunciada entre intelectuales conservadores que califican a las masas de ignorantes e incultas, reducidas al gusto popular por el fútbol, desprovistas de cualquier racionalidad; y también entre los intelectuales de izquierda que entienden a ese deporte como el “opio de los pueblos”, es decir, como parte de un aparato perverso de alienación ideológica.

El fútbol encarna a la sociedad en sus diferentes anchuras: angustias, vejámenes, vergüenzas... es un hecho cultural. De allí que hacer generalizaciones como las borgianas son inadmisibles. Por ejemplo, el exdirector técnico argentino Gustavo Alfaro aseveró: “No existe fuerza superior dentro de un campo de juego que la fuerza de la inteligencia. Quien piensa, decide, resuelve; y quien resuelve, generalmente gana”.

Este elogio a la inteligencia se hizo carne en el curso del Mundial de Brasil 2014 cuando el estratega holandés, Louis van Gaal, en la tanda de penales de cuartos de final contra Costa Rica reemplazó, al finalizar el tiempo de alargue, a su arquero titular por otro “especialista en atajar penales”, y le resultó. O el caso por ejemplo de Didier Drogba, referente del fútbol de Costa de Marfil, quien con un discurso conmovedor paró la guerra civil en su país. O los jugadores de Argelia que donaron su prima obtenida gracias a su performance en el Mundial del año pasado a los más necesitados de la Franja de Gaza, quienes estaban siendo bombardeados justamente durante el transcurso del torneo de fútbol, una vez más, por el inclemente Israel. Ésa sí es una estupidez humana intolerable. En todo caso, la idea no es exonerar a aquellos estúpidos que rondan alrededor de la pelota; por caso, la FIFA es un ente marcado por una voracidad estúpida que busca beneficios para una mafia que controla el fútbol en el ámbito planetario expresándose, por ejemplo, en la reventa de las entradas en el mercado clandestino (hecho que la Policía brasileña desactivó); o en sus sanciones “moralistas en exceso” como en el caso del mordisco del jugador uruguayo Luis Suárez. En definitiva, la estupidez en el fútbol existe, pero que de allí sea universal, como afirmó Borges, es un exceso inconcebible.

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