Columnistas

El futurismo no fue una catástrofe

La Razón / Umberto Eco

00:00 / 21 de octubre de 2012

Con ocasión del centenario del Manifiesto Futurista (publicado en Francia en 1909) se organizó en el 2009 muchas exposiciones para recordar y revalorizar este movimiento. En Italia fue motivo de polémica la forma en que la exposición de París consideraba a los futuristas como epígonos del cubismo, mientras que las diferentes exposiciones italianas intentaban subrayar su originalidad y diversidad. Entre todas las exposiciones, me parece que sobresalió, por diversos motivos, la del Palacio Real de Milán. No recuerdo qué periódico, al hacer una reseña, se quejaba de que faltaban los grandes incunables del movimiento. Esto es el Dinamismo de un jugador de balompié de Boccioni, o los Funerales por el anarquista Galli de Carrà; pero creo que es algo que no debería molestar, y no porque son obras que ya se han expuesto muchas veces, sino porque la exposición permitía ver algo más y mejor. En lugar de ciertas obras mayores, permitió ver qué había antes del futurismo y a su alrededor, sobre todo en ese Milán en donde se desarrolló antes de desembarcar en Francia. La muestra abarcó también el después del futurismo, hasta llegar a algunos importantes contemporáneos nuestros. Si resulta obvio que una tradición artística crea siempre influencias, es menos obvio lo que sucedía antes de ese decisivo 1909.

En el fondo, nosotros nos hemos acostumbrado a pensar que antes estaban los realistas a lo Michetti, que le gustaban a Gabriele D’Annunzio; los simbolistas o los divisionistas decadentes a lo Previati; movimientos que les gustaban a los buenos burgueses que visitaban museos y galerías. Y luego, de repente, se produjo una sacudida inesperada, uno de esos vuelcos rápidos que cambian la historia o la naturaleza, como las revoluciones y los cataclismos: aparecieron las vanguardias históricas, entre las cuales está el Futurismo italiano.

Muchos conocen la teoría matemática de las “catástrofes”, teorizada por René Thom: una catástrofe, en ese sentido, es como un brusco “pliegue” antes del cual no había nada y después, todo; o viceversa. En este sentido son catástrofes el sueño y la muerte (monsieur de la Palisse un momento antes de morir todavía estaba vivo); pero también, según algunas interpretaciones, varios acontecimientos históricos, como por ejemplo una sublevación o un motín en una cárcel (e igualmente sería una catástrofe una curación milagrosa). Entonces la exposición milanesa nos dio la prueba palpable de que el Futurismo no fue una catástrofe.

Bastó mirar las obras expuestas para darse cuenta de que (por no hablar de las formas en licuefacción de un escultor de finales del XIX como Medardo Rosso) en los primeros años del siglo XX, y antes de que aparezcan las grandes obras maestras del Futurismo, precisamente mientras Carrà, Balla o Boccioni todavía siguen pintando sus cuadros figurativos (en los que la crítica desde hace tiempo ha reconocido los gérmenes del futuro Futurismo), el anuncio del dinamismo futurista anida allá donde normalmente uno no se lo espera o no va a buscarlo. En 1904, Pellizza da Volpedo pintó un automóvil en el paso del Penice, donde el vehículo casi no se ve, mientras se observa una carretera que corre mediante rápidas pinceladas estriadas. En 1907, Previati pintó un Carro del sol que añade a su extenuado simbolismo una representación tangible del movimiento veloz y convulso del astro. Y éstos son sólo algunos ejemplos, pero es como si los últimos simbolistas, como Alberto Martini, anunciaran a los futuristas y los futuros futuristas. Por no hablar de un Angelo Romani, que entre 1904 y 1907 elabora retratos y formas indefinibles llamadas Grito o Libídine, que no consigo definir si no como simbo-futu-expresión-abstractas, mucho más osadas que los cuadros futuristas que seguirán. Por eso se entiende que Romani primero se adhiera al Manifiesto Futurista y luego se disocie, como si oscuramente buscara algo más.

La exposición milanesa sugirió  muchas reflexiones más allá de los avatares de los movimientos artísticos. Es que la denominada historia “evenemencial” nos ha acostumbrado a considerar todos los grandes acontecimientos históricos precisamente como catástrofes: cuatro sans-culottes asaltan la Bastilla y estalla la Revolución Francesa; unos millares de descamisados asaltan el Palacio de Invierno y estalla la Revolución Rusa; disparan a un archiduque y los aliados se dan cuenta de que no pueden convivir con los Imperios Centrales; matan a Matteotti y el fascismo decide convertirse en dictadura. En cambio, sabemos que los hechos que han servido como pretexto o, por decirlo de alguna manera, como marca páginas para poder establecer el principio de algo tenían una importancia menor, y que los grandes acontecimientos de los que se han convertido en símbolo estaban madurando por un lento juego de influjos, crecimientos, disgregaciones.

La historia es fangosa y viscosa. Algo que hay que recordar siempre, porque las catástrofes de mañana siempre están madurando hoy en día, como quien no quiere la cosa.

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