Columnistas

La gente no cuenta

La Razón (Edición Impresa) / Lucía Sauma

00:00 / 18 de enero de 2018

El Código del Sistema Penal en Bolivia no fue suficientemente consultado ni difundido, y ahora varios sectores piden su abrogación. Los grupos de amigos que se crearon para comunicarse y reencontrarse después de varios años ahora se polarizan en torno a sus posiciones en contra o a favor por la reelección presidencial. Nadie se ahorra insultos, fotografías, caricaturas o palabras soeces para descalificar a quienes consideran sus enemigos. Se pide la unidad invocando al odio y propiciando situaciones que rayan en el fanatismo. En los grupos se hacen anuncios de la “venezolanización” del país, en términos de desmanes y violencia. Unos imitan a la oposición, y los otros se creen Maduro. Todo está politizado, pero, lamentablemente, pobremente politizado.

En la mezquindad política en la que estamos encasillados, no se repara en los daños que se pueden ocasionar a la gente común. Se llenan las AFP porque a alguien se le ocurrió escribir que vencía el plazo para el recálculo de las pensiones el 15 de enero, cuando no era cierto. Luego, otra persona aseguró, dando lujo de detalles, que para renovar el pasaporte primero debía presentarse los pasajes; lo que tampoco es verdad.

La gente se desespera. Se generan rumores que dan lugar a situaciones de caos. Mientras tanto, el Gobierno y la oposición han convertido al país en un tablero de ajedrez, en el que la mayoría somos peones sin posibilidad de poner en jaque a ninguno de los bandos para que presten atención a nuestros verdaderos intereses y necesidades. Politizados y polarizados como estamos, es muy difícil que exista la posibilidad de escucharnos. Es un diálogo de sordos, en el que cada quien pide ser escuchado dando gritos al unísono y a voz en cuello.

Las autoridades reaccionan a destiempo en la toma de decisiones, como resultado de su desapego al ritmo del ciudadano de a pie. Hay una distancia entre gobernantes y gobernados que no les deja ver claro el bien común. El poder suele encerrar a las personas que lo detentan. Las envuelve en una telaraña de mimos y lisonjas, donde olvidan su condición de seres humanos desacertados en sus decisiones y erráticos en sus valoraciones.

Por otro lado, quienes desde la oposición manipulan la política mueven las fichas a su antojo; y cuando anotan puntos a su favor, se vanaglorian y festejan el triunfo sin importar las consecuencias, por devastadoras que éstas sean. En nombre de la defensa de la patria negocian el poder que creen merecer. Les es muy fácil hablar de guerra civil, de muerte y de enfrentamientos; instigan y promueven la violencia. Total, los muertos los pondrán los más débiles, no ellos.

Como siempre en estos casos, se conoce cómo comienzan las cosas, pero nunca se sabe cómo acabarán.

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