Columnistas

La gloria íntima de Fidel

Desde el jailón colegio Belén de La Habana Fidel ya era una especie de Quijote soñador.

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

01:03 / 07 de diciembre de 2016

A Fidel le gustaba que lo llamen así, por su primer nombre (su segundo era Alejandro), ni apellido, ni cargo oficial, únicamente Fidel. Del charla-río-libro de Ignacio Ramonet Cien horas con Fidel (2006) quizás lo que más me gustó cuando lo leí fue “enterarme” de aspectos de la vida cotidiana del “Comandante”, esos detalles “insignificantes” que algunos los consideran “inherentes al universo femenino”, pero que hacen también a la figura y al genio de todos los gigantes que han soñado con un mundo mejor.

La descripción del despacho que tenía Fidel en el Consejo de Estado (con vistas a una avenida habanera) es por sí misma una “declaración de principios”. Una vasta biblioteca ordenada denotaba la gran pasión por la lectura, por el conocimiento, por la cultura y el saber de Fidel, desde que era un abogado nacido en un bohío llamado Birán, de padre gallego (don Ángel) y madre cubana de Pinar del Río, de ascendencia canaria (doña Lina). Dos bustos adornaban el despacho, uno de José Martí y otro de Abraham Lincoln. Fidel creía firmemente que la Revolución cubana es una continuación de la lucha de Céspedes, de los Maceo, de Máximo Gómez, de tantos héroes cotidianos y de, por supuesto, Martí, al que citaba con asiduidad.

¿Y qué decir de la escultura en alambre del utópico y loco Quijote a lomos de su flaco y sufrido Rocinante? Fidel, antes de comenzar a leer a Marx, Lenin, Engels y compañía, se reconocía como comunista utópico. Desde Birán, desde Santiago, desde el jailón colegio Belén de La Habana ya era una especie de Quijote soñador, luchador infatigable contra verídicos y gigantescos molinos de vientos allende las noventa millas.

Un gran retrato al óleo de Camilo Cienfuegos recordaba la lucha contra Batista, los años en “la Maestra”, sus hazañas, esa impresionante fe en la victoria, la capacidad organizativa, táctica y estratégica inconmesurable de los “barbudos”, de cómo siete fusiles tras el fracaso del desembarco en un yate viejo con nombre gringo y cursi se transformaron en 3.000 combatientes que tumbaron una dictadura, para detener la “fiesta” del oprobio.

Los tres enmarcados en la pared del despacho de Fidel hablaban de otras cosas. La carta autógrafa de Bolívar es una joya histórica. La foto dedicada del escritor estadounidense Ernest Hemingway es un guiño a la literatura y a un libro del Nobel de 1954: For whom the bell tolls (1940), conocido por su traducción ¿Por quién doblan las campanas?”, con la cual Fidel aprendió mucho, pues Hemingway describía la vida en la retaguardia de los frentes militares en la Guerra Civil española. En la oficina no faltaba un retrato de su padre, Ángel Castro, hombre representante típico del emigrante gallego, hecho a sí mismo, autoritario (“tenía su genio”, decía el comandante) pero justo, terrateniente con pasado pobre, de una aldea de Lugo llamada Láncara.

Fidel, de sus hermanos (Angelita y Ramón, sus mayores; Raúl, Enma y Juana, sus menores) hablaba poco, exceptuando al de mayor relevancia pública, su sucesor en la presidencia, Raúl. Fidel, desde niño cuando se alimentaba con cítricos de su jardín de Birán, comía sano, quizás por eso (más un vaso de vino tinto español en los almuerzos) llegó a los 90 con esa salud de hierro (salvo aquella operación intestinal de hace 10 años que lo alejó de la presidencia: la “bolsa” le dio una década de vida más).

No existía hasta su muerte en Cuba ni estatua, ni retrato oficial, ni moneda, ni calle, ni escuelita con su nombre. Y no existirá tampoco después de su fallecimiento, por orden expresa dejada en viva del propio Fidel. Deberíamos todos y todas tomar nota y no caer en el pecado de las vanidades y egos en tiempos de selfies. Recordemos nomás a Martí: “toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz”. Honrar honra (otra frase martiana), y esta pequeña columna es eso: un tributo chico a la gigantesca gloria del Fidel más íntimo. Permiso.

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