Columnistas

El gran creacionista

Se advierte en esta obra una interesante profundidad utilizada para construir una realidad desfigurada

La Razón / Dársena de papel - Óscar Díaz

00:10 / 01 de octubre de 2012

En Las Tensiones Creativas de la Revolución (Vicepresidencia del Estado, La Paz - 2011), uno más de los encomios a Evo Morales que últimamente se publican cada semana, Álvaro García Linera se luce, describe el lado de la Historia reciente que más le conviene y acaba dando forma a un discurso creíble, el de las contradicciones: “antagónicas fundamentales”, por un lado, y “creativas secundarias”, por el otro.

Aupado por su entusiasmo revolucionario y con argumentos varias veces fundados en la mirada racial, disfraza su tez láctea para vindicar a las clases oprimidas frente a las que identifica como “élites mestizas y adineradas”. Pasando por alto sus deslices gramaticales, pocos para un mestizo que se esfuerza por no serlo, por parecer indio (este, al comunicarse en su lengua originaria, no tiene la obligación de dominar el castellano), se advierte en esta obra una interesante profundidad, de la que su autor se vale, sin embargo, para construir una realidad desfigurada.

García Linera es, además de Excelentísimo Vicepresidente, muy creativo: no sorprende su capacidad de imaginar escenarios que pasan por ciertos. Como Copperfield, encandila con discursos fantasmagóricos, algunas veces infundiendo miedo (“conspiraciones”, “intentos separatistas”) y otras, ilusionando (divisiones sociales superadas, un Estado integral que se “diluye” en la sociedad); nada que pueda llevar a la práctica de los mercados de abasto, todo lo que encuentra mullida comodidad en la teoría de los libros.

Con sus “tensiones’, intenta convencernos de que la polarización entre dos visiones de país, en la práctica, ya no existe; de que no hay más bloques antagónicos fuera del MAS y, por tanto, no se estaría jugando un segundo tiempo del partido cuyo resultado fuera en la primera etapa, según su propio arbitraje, el de un “empate catastrófico”. En su teoría, lo que tenemos son contradicciones en el “bloque nacional-popular”.

Provisto de una valija de grandilocuencias e histrionismo, el ilusionista cae —¡qué desilusión!— en contrasentidos. Tensiones que son sinónimas o, se podría inferir, causa de contradicciones (p. 23) que luego no son contradicciones (“...son tensiones dialécticas y no contradictorias”, pp. 27-28) hasta que sí, son nomás contradicciones (30), a veces antagónicas (18) y otras, las pobres, no (“tensiones secundarias y no antagónicas”, 27). Copperfield saca de la galera una nueva categoría: la de “contradicción no antagónica”. Y como lo puede todo, se da el lujo de “‘revolucionarizar’ (sí, eso mismo) las condiciones de la propia revolución”.

“Creativas” son, también, sus contradicciones o tensiones: “tienen la potencialidad de ayudar a motorizar el curso de la propia revolución”. Las clasifica en fundamentales y secundarias. Éstas (no antagónicas) “son parte de la dialéctica del avance de nuestro proceso revolucionario y lo alimentan porque son la fuente fundamental del desarrollo, del debate al interior del pueblo y de la transformación social”.

Pregunto: Si estas contradicciones (secundarias) se evidencian en las protestas de quienes conforman, según García Linera, el “Gobierno de los movimientos sociales”; si él mismo considera necesarias estas tensiones en la  teoría, ¿por qué su gobierno las abomina, las reprime en la práctica? Si son las “fuerzas productivas de la revolución”, “el motor de la historia de las sociedades”, ¿por qué no las dejan andar?

Modesta sugerencia de corredor: Hágase a un lado, Vicepresidente, cuidado que los motorizados se excedan de revoluciones y, antes de que usted decida poner en práctica lo que escribe, le pasen por encima.

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