Columnistas

La guerra de la marraqueta

Es tiempo de revisar las políticas que fueron arrancadas al Estado en un tiempo de bonanza económica

La Razón (Edición Impresa) / Lourdes Montero

04:48 / 25 de mayo de 2015

La semana pasada, tras la eliminación de la subvención a la harina por parte del Gobierno, los panificadores declararon paro en La Paz y El Alto, demandando el incremento del pan a Bs 0,50. Pronto se le sumaron a la demanda los panaderos de Cochabamba, Oruro, Potosí y Chuquisaca; mientras que la dirigencia panadera de Santa Cruz se pronunciaba a favor de mantener los precios del pan.

Usted se preguntará por qué las diferentes posiciones regionales en torno al aumento de precio del pan. Desde 2011, el Gobierno destinó Bs 904 millones al subsidio de la harina de trigo, proveyendo con ello a 103 asociaciones de panificadores (en su mayoría del occidente del país). Solo en 2014 se utilizaron Bs 412 millones con la finalidad de mantener el precio del pan de batalla. Esta subvención temporal se debía a un incremento del precio internacional de la harina; por tanto, una vez que los precios vuelven a situarse en una franja entre los Bs 150 y Bs 200, es justificado que la subvención se suspenda.  

El pan de batalla (léase sarnitas y marraquetas) es en esencia un producto símbolo de la canasta familiar. Así, “el pan nuestro de cada día” se relaciona con el hogar y su bienestar. En muchas familias de sectores populares el pan contribuye a llenar el estómago y espantar el hambre, además de ser un producto de fácil consumo, que no requiere tiempo extra en su preparación. Muchas mujeres que trabajan todo el día fuera de sus casas dejan en sus hogares una bolsa de pan para que sus hijos “agarren cuando tiene hambre” y así resuelven la alimentación familiar hasta su regreso. 

Con todos estos argumentos, el Gobierno vinculaba la subvención del pan con la seguridad alimentaria. Sin embargo, el pan blanco no aporta nutricionalmente a ninguna dieta. Si comparamos el pan de harina blanca con, por ejemplo, la quinua, el amaranto o la cañahua, entre otros granos andinos, claramente el trigo sale como seguro perdedor. Cabe agregar a esto que, en el último tiempo, el trigo ha perdido su buen nombre por la cantidad de alergias que provoca, así como su alto contenido de gluten, que podría afectar a los enfermos celiacos. Este no es el caso de la leche (que también tiene otro tipo de subvención) que aporta con proteínas, minerales y vitaminas para combatir la desnutrición.

Otro motivo de crítica a la subvención al pan tiene que ver con su injusta focalización. Resulta que la harina subvencionada solo llega a la parte andina del país, y se concentra sobre todo en las ciudades de La Paz y El Alto. Así, la subvención se dirige sobre todo a dos productos regionales: la marraqueta y la sarnita. Esta focalización se debe a la fortaleza de las asociaciones de panaderos y su control monopólico del producto. Sin embargo, mucha de la harina subvencionada era desviada al Perú por las propias empresas panaderas, incrementando con ello sus ganancias. Además, resulta poco probable controlar que la harina subvencionada no se utilice en la producción de pasteles, cuyos precios son superiores al pan de batalla.

La subvención al pan genera pérdidas al Estado en un año donde se espera que el déficit fiscal aumente. Recordemos que el año pasado ya se presentó un déficit cercano al 3%, y la tendencia de 2015 nos hace suponer que se incrementará hasta el 4%. Por ello, es tiempo de revisar todas las políticas que fueron arrancadas al Estado en un momento de bonanza económica y que no necesariamente tiene el impacto deseado en el bienestar de la población. Este es el caso de la subvención a la harina blanca de trigo importado.

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