Columnistas

La guerra de los recuerdos

Gallo hace un pormenorizado recuento de la guerra, a través de los enfrentamientos más notables

La Razón / Carlos Antonio Carrasco

00:20 / 04 de febrero de 2012

Sesenta y seis años parece que no son suficientes para dejar atrás las hazañas (unas veces) y los malos recuerdos (otras) de la Segunda Guerra Mundial. Tampoco la anhelada unión de los países europeos mitiga la obsesión que provoca esa terrible conflagración en historiadores más que en los propios actores y testigos que vivieron en esos años heroicos.

Ahora es el turno del prolífico académico Max Gallo, que se propone terminar su pentalogía bajo el epígrafe genérico de Une histoire de la 2e. Guerre Mondial, analizada por año calendario. Hasta la fecha, se han publicado tres periodos: 1940:“Del abismo a la esperanza”; 1941: “El mundo se incendia”; 1942: “El día amanece” (Max Gallo, 1942: Le jour se leve, XO editions, 2011), y están en preparación los correspondientes a 1943 y 1944-45.

Inevitablemente, surge la duda sobre si aún hay algo nuevo que contar de esa epopeya. Por ello, mis comentarios atañen al feroz periodo de 1942, que se concentra particularmente en la Francia dividida (eufemísticamente) entre la zona “libre” y la ocupada por el invasor nazi, donde se describe la lucha de la resistencia teleguiada desde Londres por el general De Gaulle, mediante su agente Jean Moulin. Se lee en detalle las querellas intestinas entre franceses colaboracionistas manifiestos, como el Mariscal Petaín y el Primer Ministro Pierre Laval, y otros encubiertos que eran todos aquellos incrustados en  las prefecturas o los servicios policiales prestos a martirizar a sus compatriotas o a organizar las redadas de judíos que terminaban sus días en los campos de concentración.

Autor de 110 libros, entre ensayos, novelas, historia y biografías, Max Gallo hace un pormenorizado recuento de la guerra, a través de los enfrentamientos más notables, apoyado en fuentes no muy conocidas, tales como las cartas escritas por el mariscal Erwin Rommel (el wüstenfuchs) a su querida esposa Lu, hasta poco antes de su inducido suicidio; los relatos del conde Ciano, canciller (y yerno) de Mussolini o los despachos recibidos y emitidos por los resistentes franceses; sin contar, obviamente, las memorias de Churchill o De Gaulle. Las batallas de El Alemein, en el frente africano, o la de Stalingrado (17 de julio 1942 a 2 de febrero 1943) ocupan capítulos importantes que reseñan vividamente las matanzas entre los aliados y los partidarios del Eje.

Entre las intrigas más remarcables, el autor hace repetido énfasis en la animadversión del presidente Roosevelt hacia el general De Gaulle, de quien presume que es un dictador en potencia. Recuérdese que los Estados Unidos conservaron buenas relaciones con el régimen colaboracionista de Vichy. También se retratan pasajes, harto sublimados por otros historiógrafos,  sobre las humillaciones infringidas por el Gobierno inglés al ilustre exiliado.

Max Gallo no oculta cierta fobia contra algunos personajes como el secretario general de la Prefectura de París, Rene Bousquet, a quien le reprocha su participación en varias atrocidades, especialmente en la deportación de franceses juzgados indeseables por Berlín. 

Otro punto saliente del libro se refiere al activo papel desempeñado por algunos embajadores de la época, entre aquellos se destaca el enviado alemán en París Otto Abetz, o el americano en Vichy.

Finalmente, es triste consignar la visita relámpago que el 23 de junio de 1941 hace Adolf Hitler a París, ya conquistada, donde el führer recorre los legendarios sitios de la ciudad luz. En Los Inválidos, se cuenta que se inclina reverente ante la tumba de Napoleón y le susurra a su fotógrafo Heinrich Hoffmann: “Éste ha sido el momento más grande y hermoso de mi vida...”.

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