Columnistas

La herencia de Benedicto XVI

La Razón / Diego Piccardo

01:10 / 01 de marzo de 2013

Catalina de Siena, una mujer santa del siglo XIV, llamaba al Papa “el dulce Cristo en la Tierra”. El día de la fiesta de la Virgen de Lourdes nos sorprendimos con la decisión de Benedicto XVI de dar fin a su pontificado. Su renuncia sacudió al mundo entero, tanto a fieles católicos como a los que profesan otras religiones y a los que no profesan ninguna.

¿El Papa puede renunciar? Sí, y aunque no es el primero de la historia, sí lo es de la época contemporánea. Muchos han observado: ¡Pero si Juan Pablo II no renunció! Es verdad, no lo hizo.

Puede que Juan Pablo II viese que “era oportuno y conforme a la voluntad de Dios” el continuar; al tiempo que en las actuales circunstancias, Benedicto XVI viese que “es oportuno y conforme a la voluntad de Dios” el dar un paso al costado, para seguir sirviendo de un modo diverso, “con la misma dedicación y el mismo amor con el que lo he hecho hasta ahora, pero de un modo más adecuado a mi edad y a mis fuerzas”, como dijo en su último Ángelus, el domingo 24. Dos gestos distintos, dos personas distintas, dos papas distintos, pero con algo en común: ambos han sabido guiar a la Iglesia Católica en los turbulentos, pero apasionantes mares del nuevo milenio. Ambos han propuesto con valentía y audacia el llamado a la nueva evangelización y, más importante aún, ambos han sabido mostrar el rostro amable de Cristo a todos aquellos que se han acercado.

Benedicto XVI, con un estilo distinto al de su predecesor, ha demostrado ser una persona cálida, gentil y atrayente. Las cifras no mienten: según Ignacio Aréchaga en su blog El Sonar, que obtuvo datos facilitados por la Prefectura de la Casa Pontificia, más de 20,5 millones de peregrinos participaron en los encuentros con Benedicto XVI en el Vaticano y en Castel Gandolfo desde su elección hasta enero de 2013. A esto habrá que sumarle sus 24 viajes apostólicos fuera de Italia, entre los que se cuentan las tres jornadas mundiales de la juventud, a las que asistieron millones de jóvenes. Sus viajes a Brasil, EEUU, Cuba y México fueron también una ocasión de que muchísimas personas pudiesen encontrarse con el Papa teólogo. Es que su sencillez y su diafanidad para hacer comprensible y dar a conocer el mensaje del Evangelio es lo que a fin de cuentas ha marcado el estilo de su pontificado. Como él mismo señaló en su primer mensaje a los cardenales en la Capilla Sixtina: “Al iniciar su ministerio, el nuevo Papa sabe que su misión es hacer que resplandezca ante los hombres y las mujeres de hoy la luz de Cristo: no su propia luz, sino la de Cristo”.

Con esta misma humildad se ha acercado a los líderes de otras religiones, profundizando el diálogo entre los distintos credos y, en un gesto sin precedentes, con los no creyentes, cuando los invitó a participar en el encuentro interreligioso que tuvo lugar en Asís en 2011. Libremente y en conciencia, Benedicto XVI ha declarado que ya no tiene las fuerzas para seguir ejerciendo el ministerio de Pedro, el primer Papa. Muchos no comprenderán su renuncia (tal vez tampoco hayan comprendido su pontificado) y es que a veces nos resulta difícil entender la sencillez. Sin duda es una paradoja. Durante estos años escribió dos encíclicas sobre la caridad, y una sobre la esperanza. Pienso que ha escrito otra con su ejemplo: la de la humildad.

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