Columnistas

El hermano Joaquín Salvadó S.J.

Joaquín siempre supo responder de manera efectiva y con cercanía a las necesidades de la gente.

La Razón (Edición Impresa) / Xavier Albó

00:00 / 26 de abril de 2015

A Joaquín Salvadó lo conocí cuando llegó a Bolivia en 1954. Hace poco tiempo, este varón de Dios le contó a Francisco Pifarré un lindo detalle sobre su ingreso a la Compañía de Jesús: “Mi padre, después de un exilio obligado en Francia por una guerra que su bando había perdido, se presentó acompañado de mi tío para recogerme y llevarme a casa. Hacía nueve años que no nos veíamos... Era un hombre de campo que necesitaba a su hijo para llevarlo a trabajar con él. Fue un momento terriblemente duro para mí, que no quisiera recordar, aunque, por otra parte, fue seguramente el momento más grande y emotivo de mi vida. Con lo increyente que era, con una caballerosidad enorme, casi inexplicable, respetó mi decisión”.

En 1958 vivimos juntos en Pairumani, Cochabamba, durante el intento fallido de transformar esa bella hacienda de Patiño en un innovador proyecto de promoción social. En ese emprendimiento también participaron Jaime Nadal y Gabriel Siquier, entre otros. Joaquín se instaló en Villa Albina para promover la producción de actividades agrícolas. Montaba la briosa yegua Ima Sumaj, de los tiempos de Patiño. Juntos participamos en movilizaciones por el contorno, cada uno aupando a su rancho. El proyecto no cuajó porque los herederos de Patiño dieron prioridad a la conservación del mausoleo de don Simón y de doña Albina, sin apoyar otras propuestas, como la de mejorar la cobertura escolar de la zona.

Durante la sequía y las superinflaciones  de los 80, época en la que mucha gente pobre llegaba a La Paz impulsada por el hambre, Joaquín fundó el comedor popular San Calixto, que sigue funcionando hasta hoy. Este proyecto se inició en una vieja casona de la parte central de la sede de gobierno. Allí, en aquellos años heroicos se llegó a distribuir hasta 4.000 raciones diarias, tocando todas las puertas para conseguir ayuda. Por ello recibió, en 1985, el muy merecido reconocimiento oficial como “Personaje del año”. En ese lugar actualmente existe un edificio de cinco plantas, donde además del comedor funcionan otros muchos servicios y talleres de artes y oficios.

En 1986 el hermano Joaquín fue destinado a Moxos, donde compartió durante muchos años con Franz Bejarano, entre otros sacerdotes jesuitas. Salvadó siguió implementando actividades sociales, como la instalación de un comedor popular, fue asesor y después director de la Fraternidad de enfermos e impedidos, e incluso erigió un proyecto de viviendas populares a bajo precio, cuando llegaba al pueblo mucha gente desde las comunidades indígenas. En 1994 fue ordenado diácono. Esto le permitió ampliar su campo de acción, organizando actividades de carácter pastoral que tuvieron una muy buena acogida entre la población.

Un rasgo central de Joaquín fue que siempre supo responder de manera efectiva y con cercanía a las necesidades y al dolor de la gente, buscando respuestas para aliviar su sufrimiento, ante cualquier coyuntura y necesidad. Muchas personas llegaron a la parroquia preguntando por el hermano Joaquín en busca de alivio y comprensión, hasta que en 2014, los crecientes achaques le obligaron a pasar a la enfermería de Cochabamba.

En julio de 1989 yo me encontraba en Moxos para un encuentro, justo cuando  cumplía 25 años de sacerdocio. No había hecho ningún plan para festejar este aniversario, pero al ir a celebrar la misa en la víspera de San Ignacio, Joaquín se dio cuenta de que ese día se cumplía un cuarto de siglo desde mi consagración. Entonces improvisó una bella celebración con músicos de violines y el regalo de una camijeta moxeña, que hoy sigo usando para las celebraciones más significativas.

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