Columnistas

El héroe de Ayacucho

El tributo ofrendado por la División Córdova para consumar la libertad fue el más alto y doloroso de la jornada.

La Razón (Edición Impresa) / Orlando Rincones Montes

00:03 / 21 de diciembre de 2017

Pasado el mediodía de aquel memorable 9 de diciembre de 1824, sobre la inmortal Pampa de Ayacucho (Sierra sur del Perú) 6.000 bravos del Ejército Unido Libertador, dirigidos por el benemérito general venezolano Antonio José de Sucre, habían sellado con su constancia y con su sangre la libertad del Perú y la de todo el continente americano. En aquella decisiva jornada de la emancipación, un nombre quedaría asociado por generaciones al valor y al heroísmo de los hijos de gloria, nos referimos al general neogranadino José María Córdova.

Aquella esplendida mañana del 9 de diciembre, el Ejército Real del Perú lucía particularmente impecable e imbatible. El volumen de sus tropas, su organización, equipos y sus experimentados jefes eran la envidia de cuantos ejércitos ostentara España en América. Sin embargo, una torpe maniobra del mariscal Juan Antonio Monet al bajar las laderas del cerro Condorcunca desnudaría una pequeña brecha en el centro de la formación realista. El general Sucre, leyendo perfectamente lo que sucedía en el campo de batalla, ordenó a José María Córdova atacar con toda su división el centro realista, comprometido momentáneamente en el paso de una quebrada. La orden fue magistralmente ejecutada por el ínclito hijo de Antioquia.

En lo que constituye uno de los momentos más sublimes de la batalla, el general Córdova se colocó al frente de su división, descendió de su cabalgadura y la despachó, como para no contar con medio alguno de escape de aquel infierno. Acto seguido tomó su sombrero de dos puntas y lo levantó en alto con su espada, dirigiendo a sus tropas con voz de trueno la célebre orden que estremeció a todo un continente: ¡Soldados, armas a discreción; de frente, paso de vencedores!  

Desplegando el mayor orden táctico visto durante la jornada, las invictas tropas de Colombia siguieron a su joven y valeroso comandante de 24 años. Con un trote lento pero sostenido, los batallones Caracas, Bogotá, Pichincha y Voltígeros, de la Primera División republicana, atravesaron del ala derecha al centro del campo de batalla y se plantaron a 100 pasos de sus incrédulos adversarios. Pese al valor desplegado por sus jefes y tropas, los célebres batallones realistas Burgos, Guías, Victoria, Infante y el Segundo del Primer Regimiento fueron arrollados por el empuje incontenible de los patriotas. Tras cuatro horas de durísimos combates, los estandartes de Colombia y del Perú se levantaron victoriosos. La suerte del continente quedó sellada para siempre en favor de la causa de la libertad.

Al final de la jornada, el tributo ofrendado por la División Córdova para consumar la libertad del Nuevo Mundo sería el más alto y doloroso de toda la jornada: 103 soldados y cuatro oficiales fallecidos, así como un total de 354 heridos, 29 de ellos oficiales, más de la tercera parte del total de bajas del Ejército Unido Libertador.

El general Córdova fue ascendido por Sucre al grado de general de división sobre el propio campo de batalla, una distinción digna solo de los grandes héroes de nuestra gesta libertadora. Pero quizás la más significativa de todas las distinciones la recibió Córdova, públicamente, en la ciudad de La Paz (Bolivia) por parte de los dos máximos exponentes de la libertad americana. En 1825, los habitantes de La Paz entregaron a Bolívar una corona de oro y diamantes en obsequio por la recién conquistada libertad. El Libertador la rechazó y la traspasó a Sucre, afirmando que esa recompensa “toca al vencedor y héroe de Ayacucho”. A lo que el joven e ilustre jefe patriota reaccionó otorgándosela de inmediato a Córdova, por haber sido este general, en sus palabras, el auténtico “héroe de Ayacucho”.

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