Columnistas

El heroico combate de Calama

La Razón (Edición Impresa) / Ramiro Prudencio Lizón

02:26 / 26 de marzo de 2014

El domingo se celebró un nuevo aniversario del heroico combate de Calama. Ese día se recordó al héroe máximo, Eduardo Abaroa, pero, lamentablemente, no se  mencionó a otro digno combatiente, Ladislao Cabrera, quien dirigió precisamente a las huestes que se enfrentaron a los chilenos. Es interesante conocer lo que los historiadores chilenos han escrito sobre la hermosa gesta de Calama, sobre todo del principal, Benjamín Vicuña Mackenna.    

Sabemos que la historia de éste sobre la Guerra del Pacífico peca de excesivo chauvinismo, pero, en lo referente al combate del 23 de marzo de 1879, no puede menos que admirarse y expresar que “el resultado de aquella extraña acción, en que unos cuantos campesinos y reclutas mal armados se sostuvieron contra una lucida división chilena cuatro veces más numerosa, durante tres horas, fue la pérdida de siete valientes cazadores (chilenos) a caballo y otros tantos heridos”.

Él considera que el Ejército chileno no actuó con calma y por ello se produjo ese cruento encuentro. Lo lógico habría sido que “aquella tropa debió rendirse a discreción”, ya que no tenía medios ni una adecuada organización para mantener la defensa de esa localidad. Agrega, además, que el ataque a Calama fue “tanto más temeraria e inútil en la forma en que se hizo cuanto que los chilenos sabían con completa certidumbre el número y calidad de la guarnición improvisada que la defendía”.

Señala, además, que se conocía positivamente que “no había llegado un solo hombre del interior y que solo existían en Calama como 100 hombres armados con rifles, escopetas, revólveres y lanzas que el coronel Cabrera, subprefecto de Caracoles, había conseguido reunir entre los emigrados de su exprefectura y otros”.

En cuanto al combate en sí, sostiene que Cabrera, que mandaba en jefe, no había apostado su “asendereada pero valerosa tropa” en los vados del río Loa, como los chilenos supusieron, sino que “con tacto superior al de un letrado, agrupó toda su columna en el camino que conduce a Chiuchiu y a cierta altura que le permitía dominar los puntos vulnerables del ataque enemigo”.

De esta manera, cuando las huestes chilenas se aproximaron al puente del Topáter, hacia las seis de la mañana, Cabrera había ordenado “a un valerosísimo mozo, natural de Calama, casado en ella en venturoso hogar, llamado Eduardo Abaroa, descender al paso encubierto por la enramada, y allí recibió el último a fusilazos a los chilenos desapercibidos”.  Ante la fuerte descarga de los fusiles bolivianos, la caballería chilena comenzó a desbandarse. Fue entonces, comenta Vicuña Mackenna, que “el intrépido Abaroa pasó el angosto río por una viga y con doce hombres hízose fuerte”. Luego continúa: “No quiso el taimado calameño desamparar aquel puesto, confiado a su honor, y allí cayó peleando como león acuadrillado, hasta que el hijo de Carlos Roberto Souper le atravesó con su espada”.

El historiador chileno también cita el relato efectuado por el corresponsal de El Mercurio de Valparaíso, sobre el combate de Calama, en el que señaló que Abaroa había muerto como un héroe: “Herido en siete partes, no quiso rendirse y siguió haciendo fuego con su carabina. Era un joven inteligente y valeroso, y su nombre debe ser saludado con respeto por todo hombre de honor. Murió aferrado a su arma y apuntando al enemigo. Había disparado más de cien tiros y no quiso retirarse de su puesto ni aun cuando los chilenos habían ya salvado las trincheras”.

Los comentarios arriba mencionados, refuerzan plenamente la convicción nacional de que el combate de Calama fue una de las hazañas más heroicas de la Guerra del Pacífico, y que el papel cumplido por don Eduardo Abaroa ha sido de extraordinario valor. Pero los bolivianos no sabemos rendir el debido homenaje a nuestros héroes. Mientras que en los otros países involucrados en esa guerra los días consagrados a recordar a sus héroes del Pacífico son feriados, el 23 de marzo no lo es, y esto es más grave aún, porque para Bolivia esa fecha no solo es un recuerdo del pasado, sino algo presente, vivo y lacerante: el Día del Mar.

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