Columnistas

La hidra del corporativismo

El corporativismo es un monstruo del proceso de cambio que distorsiona la justicia social.

La Razón (Edición Impresa) / Yuri F. Tórrez

00:14 / 06 de septiembre de 2016

En la mitología griega, la Hidra de Lerna era un antiguo y despiadado monstruo acuático con forma de serpiente policéfala (con varias cabezas). Por cada cabeza que perdía este ser mitológico le crecían otras dos. Aludimos a esta imagen literaria para referirnos, por asociación, a una perversión del actual proceso de cambio: el corporativismo.

El desenlace trágico de la última movilización de los cooperativistas mineros, con el vil asesinato del exviceministro de Gobierno Rodolfo Illanes, develó descarnadamente que el corporativismo (y no solo el minero) es un monstruo que se alimenta de privilegios gubernamentales. Muchas organizaciones sociales, y en particular sus cúpulas dirigenciales aliadas del poder, confunden y tergiversan el concepto de “gobierno de los movimientos sociales”, reduciéndolo al sector corporativo, es decir, a una bestia de 1.000 cabezas.

El corporativismo es la tendencia de un grupo de personas que pertenecen a un mismo grupo laboral o empresarial que buscan, sobre todo, defender o extender sus intereses y derechos particulares sobre los generales. Y peor aún, estos grupos corporativos, especialmente los cuentapropistas mineros, han perdido los valores constitutivos e históricos del movimiento minero boliviano, por ejemplo, la solidaridad y el sentido de justicia social. Este sector rechaza cualquier ordenamiento jurídico que atente contra sus “intereses”, por ejemplo, el pago de impuestos o la adopción de medidas para reducir el impacto medioambiental de su labor. Y si se anuncia la intención de regular sus actividades, muchas de las cuales se desarrollan al margen de la ley (por caso, incumplen derechos laborales, normas ambientales y el pago de impuestos), recurren a la amenaza y la extorsión política: “Si bien la Fencomin y todas las cooperativas del país hemos llevado a que Evo sea el presidente de Bolivia, así también podemos bajarlo”, advertía, por ejemplo, Alejandro Santos, dirigente máximo de la Federación Nacional de Cooperativas Mineras de Bolivia (Fencomin).

Como otras organizaciones sociales, Fencomin tenía acorralado al Gobierno, con presiones para la entrega de privilegios estatales y beneficios económicos. El corporativismo es un monstruo del proceso de cambio. No solamente es algo negativo para las arcas públicas, ya que muchas de estas organizaciones sociales aliadas al Gobierno no tributan, sino que además, y he allí lo más peligroso, trastocan un valor esencial y constitutivo de un gobierno progresista: la justicia social.

El corporativismo está provocando mucho dolor y sobre todo mucha indignación social. Se han registrado varias muertes solamente para satisfacer el apetito capitalista de muchos empresarios con cascos mineros con la leyenda de Fencomin, con el propósito último de poder seguir paseando impunemente en sus autos lujosos, tanto en las calles de Potosí como en las de Oruro.

Esta bestia de 1.000 cabezas, como la Hidra de Lerna, se fue reproduciendo por doquier y con creces en los 10 años que van del denominado proceso de cambio. El corporativismo está despojando los ejes discursivos de legitimidad social del gobierno del Movimiento Al Socialismo (MAS). Está dejándolo colgado y enredado en su propio discurso, vaciándolo de todo contenido social y abriendo así una brecha entre la palabra y la práctica gubernamental. Y si las cosas continúan iguales y no se elimina a la bestia del corporativismo, como hizo Heracles con la Hidra de Lerna, el destino del Gobierno será aciago.

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