Columnistas

La historia, en la niñez

Aprender historia no equivale a recitar un catecismo, una letanía de pecados y virtudes

La Razón / Gustavo Rodríguez Ostria

00:20 / 13 de abril de 2012

Marc Bloch, historiador francés fusilado por los nazis en junio de 1944, fundador de la escuela de los Annales, al tratar de la legitimidad de la historia, habla en uno de sus libros de esta pregunta fundamental. Dice un niño “papá, ¿explícame para qué sirve la historia?” ¿Qué historia enseñar a niños y niñas? ¿Qué libros debimos entregarles en su día? ¿La de héroes y heroínas impolutos, que luchan siempre al lado del bien, que nunca cometen errores; sino vencen, al menos mueren con honor y sacrificio?

La historia, nudo discursivo de la construcción de la nación, debiera ser el primer objeto de la descolonización. De ella (des)aprendemos herencias, olvidos y sujetos portadores de proyectos que legitiman nuestro vivir en el presente y nuestro andar hacia el futuro. La ausencia en la narrativa deslegitimiza, tuerce y anula. Los que no estuvieron invocados o están mal nombrados en pretérito, ¿cómo podrían estarlo ahora y mañana? Si fueron adjetivados como “bárbaros e incivilizados”, ¿podrían formar parte de la nación?

La pasada conmemoración de los bicentenarios fue una oportunidad perdida. Debió ser el escenario para reposicionar sujetos históricos, indígenas, mujeres y plebe. Visibilizarlos, para recomponer su sentido, fuese el de su presunta ausencia o el de su lucha y el de su muerte. Nada de eso se hizo. Autoridades municipales, gobernativas y culturales se hundieron en el fárrago de la celebración. Rindieron el culto a los viejos y enmohecidos héroes; los mismos que en el positivismo liberal y el nacionalismo revolucionario entronizó y ritualizó como fundadores de la historia patria. Desfiles, discursos y banderas. La misma liturgia de siempre. Nuevos sujetos históricos, pero tras de viejas figuras. Una contradicción patética. Nadie, o casi nadie, se preguntó por los otros y otras, por los que no figuraban en los textos de historia o se carcomían arrinconados de los monumentos. Tampoco sobre su vida cotidiana. ¿Dónde y qué comían? ¿Dónde dormían o a quién amaban?

La aplicación de la Ley Avelino Siñani debiera  ser otra ventana, quizá la última de devolver el pasado expropiado. Al menos en el campo histórico, este necesario retorno debiera ser nuestra propia e ineludible materia de trabajo, el sustrato de nuestro que hacer. No se trata, como refunfuñan ciertos dirigentes magisteriales y de la oposición, de un retorno a un pasado antiquísimo, ya muerto como piedra. No me sumo a su coro. Entiendo que el desafío es otro. Aprender historia no equivale a recitar un catecismo, una letanía de buenos y malos, de pecados y virtudes. No basta sólo con reemplazar los de arriba por los de abajo, los dominantes por los dominados; rostros blancos por morenos (aunque sea muy necesario). Tampoco de emprender una nueva narrativa de héroes y cañones, salvo que con otros actores esta vez indígenas. El pasado nunca fue puro ni lineal. No acogió tampoco a sujetos predeterminados a definir redenciones colectivas, las que disponían las respuestas por anticipado.

Si apostamos a la diversidad, y no a una nueva letanía monocultural, se trata de hacer múltiples preguntas y no anticipar contestaciones únicas. Evitar el catecismo que confirma la leyenda que queremos o cuestionan la que no deseamos. Enseñar historia debe introducir la duda, fundar la crítica. Apostemos, pues, por una historia —o mejor historias— abierta y plural, que piense el pasado desde el presente y viceversa. Que acoja las contradicciones del pasado, como fue la propia vida y la experiencia de miles de personas. Al despojarla de su sentido teleológico recorramos un camino que debe empezar desde la niñez.

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