Columnistas

La historia vista de manera diferente

Es preciso educar a nuestras juventudes con el mayor apego a la objetividad de los hechos históricos

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Barragán V.

00:30 / 06 de agosto de 2015

Estamos cumpliendo 190 años de vida republicana independiente, y todavía en el imaginario nacional no se pierden tres estereotipos provenientes de una incorrecta interpretación de la historia patria. Estos son que i) Casimiro Olañeta fue un altoperuano ladino, representante ejemplar de una casta criolla de doble moral, calificada por Irisarri y repetida por Gabriel René Moreno y Charles Arnade como los “doctores de dos caras”.

ii) Retumba todavía en muchos educadores de nuestras generaciones la afirmación de que “hemos nacido a la vida independiente con cerca de 2,5 millones de kilómetros cuadrados, sin embargo hoy solamente tenemos un millón; hemos perdido el resto de nuestro territorio en guerras con los vecinos”. iii) Repitiendo o interpretando las tesis arguedianas de desprecio por el mestizo e indio de los años 20 del siglo pasado, nos encanta reiterar que los bolivianos somos unos perdedores innatos, ora en el fútbol ora en cualquier actividad humana que emprendamos.

Estas ideas, que en su momento han sido formuladas por los enemigos internos y externos de la formación de nuestro país, por la herencia racista de las clases dirigentes o por la simplificación burda de nuestra historia, nos ha inculcado un sentimiento de inutilidad y derrota, que nos ha conducido a despreciarnos a nosotros mismos y a los líderes de la creación nacional.

Cuando en realidad resulta necesario transmitir la visión histórica real de que la creación de nuestra república, hoy Bolivia, ha sido una epopeya, como cualquier otra que se ha dado en la América española de esa época.

Igual o similar situación se dio para cada uno de los países latinoamericanos que se crearon en esa época, por lo que Bolivia no podría haberse consolidado si no hubiera sido por la apreciación que tuvieron en ese entonces los dirigentes políticos, tales como Olañeta, sobre la posibilidad de crear una república independiente en los territorios que fueron jurisdicción de la Audiencia de Charcas.

Es evidente que todas esas unidades territoriales creadas por intereses regionales no contemplaron las perspicaces visiones estratégicas sobre la unidad de la América española, ni aceptaron las profundas transformaciones que traían las propuestas liberales de los libertadores, pero también es cierto que todas las sociedades latinoamericanas no estaban preparadas para esos cambios, por lo que ninguna de ellas incluyó a los pueblos originarios en la creación de esas entidades, lo que demuestra que el resultado no podía ser otro que el que finalmente hemos tenido de repúblicas excluyentes de una gran masa de población originaria.

Lo anterior no quita el mérito de todos esos grupos dirigentes para consolidar sus propias naciones, y algunas de ellas incluso quisieron avanzar y avanzaron a costa de sus vecinos, sin tener ningún antecedente histórico de posesión de los territorios que actualmente ocupan por usurpación oportunista.

Es preciso, entonces, educar a nuestras juventudes con el mayor apego a la objetividad de los hechos históricos, para que los bolivianos nos sintamos orgullosos de haber conseguido nuestra propia identidad y estemos en la hora presente a la altura de construir la gran nación latinoamericana que nos quiso heredar Simón Bolívar.

Gran contribución entonces la de esos esforzados investigadores de la nueva generación agrupados en la Coordinadora de Historia, quienes intentan caminar por los senderos de la revisión de nuestra historia bajo las nuevas visiones de la objetividad y complejidad de los procesos que le tocó vivir a nuestra sociedad en cada momento de su vida. 

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