Columnistas

Ante la historia

La grandeza de Allende tiene una dimensión universal, es la entrega de la vida por una causa

La Razón / Reymi Ferreira

01:17 / 13 de septiembre de 2013

La cobardía, la corrupción, el cinismo, la hipocresía, el egoísmo, son algunos de los adjetivos con los que podríamos calificar a los gorilas que en 1973 rompieron el orden constitucional y democrático en Chile, que gobernado por Salvador Allende apuntaba a construir un orden socialista en el marco del respeto al pluralismo. El general Augusto Pinochet, rompiendo su juramento de lealtad a la Constitución, encabezó el golpe fascista y echó por los suelos la tradición casi centenaria de unas Fuerzas Armadas sometidas al orden civil, y de su mano condujo a una de las naciones más cultas y prósperas de América Latina a la barbarie.

La dignidad, la justicia, la democracia, la honradez y la firmeza en los principios demostradas por Salvador Allende son un patrimonio para la historia, son una fuente de inspiración para las nuevas generaciones de jóvenes que entienden la democracia como un instrumento de transformación social, de cambio y de respeto a los derechos humanos de las personas.

La grandeza de Salvador Allende tiene una dimensión universal, es la entrega de la vida por una causa, la renuncia a la existencia por afirmar senderos de luz para el futuro, valores de dignidad y conciencia, frente a las hordas aleccionadas al servicio de intereses externos y de mediocracias organizadas para el saqueo y el despilfarro.

Allende será grande siempre. Junto a él, el mismo mes mueren (o son asesinados) Pablo Neruda y Víctor Jara, con ellos en tumbas clandestinas se entierra un ciclo fundamental para América Latina, un ciclo en el que los pueblos sin alzar las armas y apelando a la legitimidad del voto pensaron que podían alcanzar la libertad. En 1973 Pinochet demostró lo ruin en que puede convertirse el ser humano, y el traidor en que casi siempre se convierte el mediocre sin principios.

Cuarenta años después, renacen en millones los ideales asesinados en La Moneda el 11 de septiembre de 1973, movimientos sociales y naciones que asumen la verdad de sus destinos sin necesidad de usar las armas, y la palabra poderosa que libera y que conduce a la libertad, a la independencia y a la dignidad de pueblos soberanos. Hoy, ya no existe duda de quiénes fueron traicionados y muertos por el fascismo y quiénes son los verdaderos triunfadores. También se sabe con certeza que aquellos que vencieron son poco menos que polvo, estiércol que la Historia olvida.  Poco antes de morir en la resistencia al golpe, con el fusil que le regaló Fidel Castro, el presidente Allende premonitoriamente dijo:

“Declaro mi voluntad de resistir hasta el fin para que quede ante la historia la ignominia de aquellos que tuvieron la fuerza, pero no la razón”. Su heroica resistencia tuvo sentido; 40 años después, la humanidad lo reconoce.

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