Columnistas

El hombre sin amor

Lo suyo era una absoluta incapacidad de amar todo lo que no fueran sus gallos de pelea y sus perros

La Razón (Edición Impresa) / Jaime Iturri

01:09 / 18 de marzo de 2016

El verdadero título de esta columna debió ser “El hombre que no supo amar”, pero… La verdad es que muchas cosas se pueden decir de Wálter Chávez menos que no supo ser consecuente, incluso en sus traiciones.

Lo suyo era una absoluta incapacidad de amar todo lo que no fueran sus gallos de pelea y sus perros. Y todo lo que no fuera denostar al resto de los mortales, particularmente aquellos que en la vida le hubieran hecho algún favor o que le hubieran demostrado un poco de cariño. Él mismo lo racionalizó cuando me dijo: “Yo no amo a nadie, en el mejor de los casos puedo decir que mi hija me cae bien”. ¿Verdad o pose? Tal vez un  poco de los dos, porque así como Wálter buscaba afanosamente destruir a los que lo cobijaron, también le encantaba escandalizar, particularmente a la pequeña burguesía tan provinciana y falta de lecturas.

Con sus eventuales jefes mostraba las caras de Jano, al principio era incondicional al punto de declararse soldado de ellos. Pero de pronto, en cuanto sus contratantes mostraban otras simpatías, Wálter conspiraba para ser el único. Y cuando no lo lograba (y eso ocurría siempre tarde o temprano), pasaba a ningunear a quien hasta días antes había alabado.

Y es que Chávez tenía la imperiosa necesidad de demostrar su capacidad para el odio. La receta era fácil, empaquetar un poco de intriga junto a datos verdaderos y una que otra lectura. Así sacaba provecho de sus deméritos (porque el odio y la envidia los son). Y algunos de los que lo escuchaban habrán pensado en sacar provecho de ello, sin pensar que el único que ganaba era el hoy preso en Argentina.

Pero además, Wálter es un ludópata compulsivo. Así se explica su amor por los gallos de pelea. Se justificaba señalando que era un negocio, o que apostaba solo para que los compradores vieran que creía en su producto. Pero en realidad, en este caso, el oficio define al hombre.

Solo así, en la necesidad de caminar siempre por la cornisa, se entiende por qué abandonó el cómodo refugio boliviano donde al haber sido cosa ya juzgada no lo podían entregar a las autoridades peruanas, para buscar en Argentina un lugar donde establecerse, “protegerse” y, siguiendo su línea, trabajar para alguien que requiera sus servicios.

Calculó mal. Esta vez le tocó perder; pero, mucho me temo, esta historia no llegó a su capítulo final. Quién sabe si el jugador se guardó algún as bajo la manga, porque a Wálter Chávez, John Le Carre lo hubiera querido como personaje de novela, o tal vez no, quizá el autor de El espía que vino del frío supiera que no importando las líneas que le dedicara ni el cariño que le diera, al final de la obra iba a ser traicionado.

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