Columnistas

Los hombres que respetaban a las mujeres

Mirar, evaluar, medir y pesar el cuerpo de una mujer es el primer paso en la apropiación de su persona

La Razón (Edición Impresa) / Verónica Córdova

09:14 / 23 de octubre de 2016

Nadie respeta más que yo a las mujeres”. Lo dice un señor que se ha dedicado durante años a clasificar en una escala del uno al 10 los atributos físicos de sus novias, empleadas, conocidas y hasta de las desconocidas, y cuya defensa al ser acusado de “meterle mano” a una de ellas es mirarla de pies a cabeza y decir “¡Cómo pues a esa!”. Es fácil indignarse con lo burdo de ese comportamiento, pero es más difícil reconocer en él un hilo de realidad que nos envuelve de forma tan transparente que ya no lo vemos. 

Que levante la mano el caballero, joven o muchacho que no haya priorizado la apariencia física a la hora de elegir pareja, que no haya aplicado algún tipo de clasificación cuantitativa o cualitativa al cuerpo de las chicas que ha mirado pasar por la calle. Que levante la mano la señora, señorita o chiquilla que no haya aplicado a su propio cuerpo algún tipo de clasificación cualitativa o cuantitativa, que no se haya comparado o haya envidiado a otra más delgada o más voluptuosa, más alta o más menuda, más rubia o más bronceada. Puede parecer simple y banal, pero no lo es. En la medida en que hombres y mujeres priorizamos la apariencia física a la hora de valorar a una persona, le quitamos respeto al resto de los aspectos intelectuales, emocionales y sociales que hacen a un ser lo que es, más allá de la medida de su cintura.

Ese mismo señor, que “respeta”  más que nadie a las mujeres, ha sido grabado diciendo que cuando ve a una mujer hermosa no puede controlarse y se lanza a tocarla y a besarla, y que ellas le permiten hacerlo porque es rico y famoso. Y a las 10 mujeres que han salido a acusarlo de haberlas besado o manoseado a la fuerza, les dice que son mentirosas, que no existen pruebas y que es su palabra contra la de ellas.

Que levante la mano la mujer que no haya sido alguna vez tocada contra su voluntad en la calle, el micro o el mercado. Que levante la mano la que no haya recibido al pasar palabras ofensivas, proposiciones enfermas, gestos lascivos o descripciones groseras. Que levante la mano la que no se haya pasado a la calle del frente al ver un grupo de hombres, o no haya memorizado la placa del taxi o caminado mirando sobre su hombro cuando está sola de noche. Y en los terribles casos en que el temor y desconfianza con los que hemos aprendido a convivir se materializan en acoso, manoseo o violación, ¿cuántas mujeres no han callado justamente por miedo a que les digan mentirosas, a que les exijan pruebas y a que las obliguen a entrar en una dinámica en la que es su palabra contra la de ellos?

Mirar, evaluar, medir y pesar el cuerpo de una mujer, como si fuera ganado, es el primer paso en la apropiación de su persona. El segundo paso es aproximarse y tocarlo, besarlo o manosearlo sin su consentimiento. El tercer paso es violarlo, aprisionarlo, golpearlo. Y el último paso es matarlo. Éste es un camino consecutivo y sus pasos reflejan —todos— una tendencia naturalizada a considerar que la mujer existe para ser poseída, ya sea en términos patrimoniales o en términos sexuales. Como racionalizan algunos señores que “respetan” más que nadie a las mujeres: si quieres ser mía, debes ser bella; si eres bella, eres mía y puedo mirarte, piropearte y tocarte. Si me desprecias o te niegas, te mereces los golpes; y si encima me acusas, te defiendes o me dejas, te mereces la muerte. Que levante la mano el que quiera que este malhadado camino, de una vez por todas, se acabe.

Es cineasta.

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