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Las huellas de Samaypata

La palabra Samaypata viene del quechua o del aymara, y se traduce como ‘Altura del descanso’

La Razón (Edición Impresa) / A fuego lento - Édgar Arandia

00:00 / 18 de mayo de 2014

Muchos arqueólogos coinciden en que el Fuerte de Samaypata es preincaico, aunque no existe certeza sobre esta afirmación. Aunque no tiene ninguna alusión a una fortaleza hispánica, ese misterioso lugar es llamado así porque un cerro de mayor altura, cercano, tiene ese nombre, de tal manera que por extensión todos los promontorios y terrenos se denominan igual.

La palabra Samaypata viene del quechua o del aymara, y se traduce indistintamente como “Altura del descanso”. Sin embargo, hay otro nombre mencionado por el cronista Antonio Vásquez de Espinosa: Saguaypata, cuya traducción sería “Altura del encuentro, de la unión o matrimonio”, aunque esta podría ser una deformación del castellano, como habitualmente ocurría durante la conquista.

El 5 de agosto de 1873, la Prefectura de Santa Cruz emitió una ordenanza  para “practicar una prolija exploración donde se han encontrado objetos importantes y preciosidades dignas de ser examinadas, levantándose para tal efecto un mapa topográfico, e investigando la naturaleza de los metales contenidos en ese cerro famoso que hicieron los incas su residencia habitual”. Tal ordenanza alertó a los saqueadores y el sitio sufrió una permanente depredación.

D’Orbigny visitó el fuerte en 1832 y levantó el primer plano de lo que llamó “Cerro del Inca”. Tres cuartos de siglo pasaron hasta la próxima inspección, por Nosdenskiöld, quien completó los planos de su antecesor y agregó algunas de las representaciones más importantes de las figuras zoomorfas que existen en el lugar. Al respecto dice: “Durante mi viaje (1908-1909), pasé algo más de una semana en el cerro esculpido de Samaipata, situado cerca del camino entre Santa Cruz de la Sierra y Cochabamba. Allí saque fotografías y medí las figuras más notables. Publiqué algunas de las fotografías en una de mis descripciones populares del viaje y también en algunos artículos en revistas”. Su trabajo quedó inconcluso. En la década de los 50 el padre Adrían Melgar y Montaño, párroco de Mairana, se constituyó en la principal fuente de información sobre el fuerte, por la cantidad de objetos que llegó a coleccionar. Posteriormente Melgar trabajó con Leo Pucher, el arqueólogo que formuló la teoría totemista animista.

Para muchos arqueólogos era una avanzada de las huestes andinas en conquista rumbo a las tierras bajas. Sin embargo, llama la atención que en un centro ceremonial (sus características inducen a esta conclusión) no se hayan encontrado piezas que rememoren guerras.

El único relato antiguo sobre la ocupación del cerro es el del sacerdote Diego Felipe de Alcayaga, que fue transcrito por su padre, el capitán Martín Sánchez de Alcayaga, uno de los fundadores de Santa Cruz: “(El Inca) dio su comisión a un descendiente suyo, llamado Guacane, dándole título de Rey de lo que así conquistase (…) y asimismo le dio suficiente gente para la conquista, enviándole a los llanos de Grigotá (…) habiendo llegado este capitán Guacane con muy lúcida gente a los valles de Misque, comenzó a enviar a sus exploradores a tierra adentro y a disponer su osado intento, y hacer consulta abierta para que cada uno dijera su parecer; y a lo último se resolvió de no perder ocasión y tomando más provisiones, entró en los valles de Pojo, Comarapa, los Sauces, valle de Pulquina, valle Grande y subió al asiento de Sabaypata, adonde asentó su Real en la mesa de este sitio, que tiene subida del último valle una pequeña legua (sic)”. En este relato también se informa sobre el fracaso del intento por agrandar la frontera del imperio inca hacia el este y de la extinción de Samaypata por los chiriguanos.

La representación en relieve de un gran felino, batracios, una gran serpiente, la poza y centenares de piezas de cerámica nos inducen a pensar en rituales del agua, la fertilidad y el encuentro entre las naciones originarias de las tierras altas y las bajas. Esta gran escultura, tallada con motivos sacros en piedra arenisca, será el escenario de la cuarta versión de la Bienal Internacional de Escultura en Piedra, como un tributo al arte indígena de ayer y de hoy.

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