Columnistas

La ideología de su santidad Francisco

La Razón (Edición Impresa) / Alejandro A. Tagliavini

05:10 / 09 de julio de 2015

Aquellas eran frías y oscuras madrugadas de invierno, pocos años atrás, y apuraba el paso porque no quería llegar tarde a la misa diaria que el entonces monseñor Jorge Mario Bergoglio celebraba a las 6:40 solo, hasta que aparecí, en la capillita de la sede arzobispal porteña. Allí, nunca olvidaba besar a la Virgen. Y la concentración que ponía en la oración era tal que un día, al terminar, me acerqué y le dije: "Monseñor, se olvidó de darme la comunión". Sorprendido, volvió al sagrario y pude comulgar. Pero, dados sus múltiples compromisos, muchas veces celebraba misa afuera, entonces, tenía el detalle de llamarme al móvil, en la víspera, para decirme que no fuera al día siguiente.

Al finalizar la última de estas misas a las que asistí me dijo que, en el futuro, como tenía mucho trabajo, celebraría, si no recuerdo mal, a las 5:30 de la mañana. En cualquier caso, le dije que era demasiado temprano, ya que venía desde el bonito y lejano barrio residencial de Olivos. Del mismo barrio de donde debería venir él, porque allí el arzobispado tiene una residencia muy bonita y con mucho parque, si no fuera que prefería vivir en un pequeño apartamento en la misma sede arzobispal que, dicen las malas lenguas —nunca se lo pregunté, pero resulta muy creíble— limpiaba el mismo. 

Tuve la alegría —fue un momento realmente alegre— de poder verlo el día anterior a su partida a Roma, muy breve encuentro en el que, por cierto, ni siquiera hablamos sobre su posible papado, porque era (ahora sabemos que no) inverosímil. Él había dejado toda su agenda preparada para volver. Unos días antes del Cónclave que lo eligió, en una reunión previa de cardenales fue muy aplaudido y, entonces, pensamos que quizás no volvería, ya que, como había renunciado al Arzobispado de Buenos Aires (por edad reglamentaria), se quedaría en un dicasterio. ¡Pues vaya dicasterio que le han dado!

Como era de esperarse, entre los intelectuales empezaron a preguntarse cuál sería la ideología del nuevo Papa, y algunos me preguntaron si tenía alguna idea al respecto. Por supuesto que no la tengo, no tuve oportunidad de discutir esto con él, para empezar, porque no quería discutirlo. Es verdad que le he alcanzado algunos escritos, como seguramente han hecho otros cientos de personas, y que, con la caridad que corresponde a su investidura, a veces me ha dicho que le han parecido muy buenos, pero tampoco tengo dudas de que, al menos en teoría, en muchas soluciones ejecutivas para los problemas humanos no coincidimos.

No sé qué ideología tiene, ni me interesa saberlo. SS es el que describí en los primeros párrafos y el que eligió llamarse Francisco por los pobres, y por la paz que siempre es el resultado del verdadero coraje, lo mismo que la infinita misericordia (es decir, la falta de castigo impuesto) que ensalzó en su primer Angelus. Por eso sé que, con su ejemplo, enseñará lo que pedía Juan Pablo II: "No tengáis miedo". Es que la falta de coraje, esa falsa sensación de que el mal puede vencernos y dañarnos, es el que da lugar a que obedezcamos al mal que nada podría, contra nosotros, de otro modo: no hay Estado policial, ni regulaciones ni coartadas a la natural libertad humana, don de Dios, que nos puedan doblegar si todos tenemos el coraje, valga la redundancia, de no temerle y darle al mal el lugar que le corresponde, el de nuestra ignorancia y desconocimiento y desobediencia.

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