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Todos idiotas

Estamos en la era de los electrónicos más listos que Calixto... y la idiocia colectiva, ganando por goleada

La Razón (Edición Impresa) / Ricardo Bajo Herreras

00:01 / 08 de enero de 2014

La moda de este año serán los relojes inteligentes (smart watches) y los lentes famosos de Google. Estamos en la era de los celulares pendejos, los televisores smart, los aparatos electrónicos más listos que Calixto... y la idiocia colectiva, la estulticia ganando por goleada. “No tenemos wifi, pueden charlar entre ustedes” dice un letrero “subversivo” en un boliche detrás de la Pérez Velasco en La Paz. Nos cuesta más trabajo y esfuerzo hablar en persona, en vivo y en directo, que chatear o “wasapear” con un supuesto “amigo” en la distancia. ¿Los aparatitos inteligentes nos están volviendo más tontos? Particularmente me da bronca que en una reunión de “cumpas” todos estemos más atentos al pinche celular supuestamente inteligente que a la mirada, gestos y palabras del compadre o comadre que está a tu lado. Los celulares deberían ser decomisados en la entrada del bar o la casa del cuate. Las guitarreadas han muerto. La guitarra está olvidada y polvorienta en una esquina de la habitación y ahora todos escuchamos el último “hit” o vemos la última jodita en el maldito celular o tableta. Cada vez menos gente te mira a los ojos cuando te habla.

Una de las fotos sublimes del año pasado me impresionó y llegué a la inevitable conclusión: en 2014, todos idiotas. La instantánea congelaba un momento frío y aterrador: una pareja recién casada, de elegante blanco, aguardaba en un sofá de lujo chequeando ambos sus respectivos teléfonos: sin intercambiar miradas, sin tocarse, sin complicidad, sin magia, sin besos.

Tengo algunos amigos que piensan que estos aparatitos pendejos mejoran nuestras vidas, que las redes sociales han posibilitado que la gente escriba y lea harto (ya ni Dios se preocupa por la ortografía o la banalidad reinante). A todos solo les digo una cosa: vean esa foto. Es terrible, es el signo de nuestros días. Y tengo otra mala noticia: la cosa va a ir a peor. Prontito vamos a estar hablándole al reloj (inteligente, por supuesto). Será más fácil conversar con un aparato que con tu madre: total, el celu o el reloj no te putea ni te regaña. Pero tampoco te abraza.

Tenemos más “conocidos” en feisbuk y menos amigos en la vida “real”. Estamos más comunicados que nunca pero es mentira: cada día estamos más solos y no le hablamos ni al perro. A mí me dan unas ganas terribles de botar mi celular por la ventana, desengancharme de internet y ponerme a leer en una biblioteca pública después de un paseo. Y si quieres que charlemos, quedamos a tomar sin prisa un cafecito en la tarde. O una chela, por la noche. Eso sí, desarmados, sin celulares. No, ¿cómo vas a hacer eso? ¿Y si alguien te quiere llamar o contactar para algo urgente, una pega, una buena o mala noticia? Nos hemos vuelto adictos a la inmediatez, a los garabatos intrascendentes. Nos entusiasma la banalidad plástica, lo artificial ha vencido. Es la clave del falso éxito de hoy en día: la profundidad no existe, banaliza todo y serás estúpidamente feliz. De lo contrario caerás en la peor de las soledades malditas, te darás cuenta un día mientras miras a todo el mundo en silencio viendo su celular que la gente es idiota.

Por supuesto que la tecnología tiene muchísimas ventajas, el problema es que no la sabemos usar. Hablar por Skype con un ser querido a la distancia es un lujo, por ejemplo: estas vainas también pueden acercar a las personas. Exponer tu vida íntima en las redes sociales y bombardear desde tu teléfono dónde estás y qué has pedido en tu cafetería favorita (la más jailona de la ciudad, por supuesto) simplemente es una pelotudez. Habrá algún día que madures (con suerte) y quieras borrar y  “desaparecer”, pero el olvido no es un derecho (todavía). El idiota puede morir, pero la idiotez, nunca. Cuidado con los boludos (cantaba el gran Facundo Cabral), son muchos y están conectados.

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