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La illa

Aquí, en este valle andino, recreamos ritos a diario y esta illa no podía volver sin tener el suyo

La Razón (Edición Impresa) / Carlos Villagómez

04:26 / 03 de febrero de 2015

La llamada illa del Ekeko me permite reflexionar sobre nuestros apegos expresados en múltiples ritos y ceremonias colectivas que están consolidando nuevos imaginarios y recuperando supervivencias ancestrales de todo tipo.

Tras largas negociaciones con el Museo de Historia de Berna, en Suiza, llegó a la ciudad de La Paz una hermosa escultura en piedra de 2.000 años de antigüedad y que fue robada hace 150 años sin pudor alguno ni sangre en la cara. En esa ciudad europea la imagen, que representa a una mujer sugerente y sombría, permanecía en una vitrina sofisticada, con las condiciones de preservación y conservación más avanzadas posibles, porque los del norte la consideraron un importante “bien cultural” o una admirable “obra de arte”. Por ello, la illa fue devuelta con enormes recelos.

El suizo encargado de supervisar la entrega dio múltiples recomendaciones de cómo debíamos tratar y manejar a nuestra illa. Lo que no sabía el cándido supervisor es que para nosotros esa hermosa escultura es una illa, o sea, es una representación poderosa, preñada de energías vitales y que jamás será un “bien cultural” interfecto e inerte.

Ahora bien, no sé a quién se le ocurrió la peregrina idea de que esa illa era del Ekeko. Argumentando hasta el delirio se dijo que, como dicha imagen tiene una joroba que carga bienes como nuestro gordinflón y retaco rey de la Alasita, es el antecedente precolombino del Ekeko. Sin duda una exageración iconográfica.

Un reconocido arqueólogo declaró que no hay antecedentes ni técnicos ni históricos para ello. Pero aquí, en este valle andino, recreamos ritos a diario y esta illa no podía volver sin tener el suyo. Ante el pavor del técnico suizo, la illa se estrenó en Alasita 2015 con un recorrido de siete kilómetros en una precaria urna amarrada a un taxi cubierto de wiphalas, flores, frutas y billetitos, y flanqueado por ponchos rojos y sus respectivas mujeres. La maravillosa talla en piedra gozó del fervor de multitudes y vivió un día excepcional, se olvidó de su reclusión en una aséptica vitrina europea y fue recibida con honores por el Mandatario y se consagró para siempre en cinco wacas paceñas.

Es hora de entender que así somos: una cultura viva en la paradoja, una cultura cuyo arte no es contemplativo y se funde con creencias religiosas, una cultura de expresiones populares y colectivas por encima de cualquier genio individual. Puedo colegir de esa experiencia que en este nuevo siglo ya somos un pueblo vital que se aleja, de la manera más delirante e insospechada, de los dictámenes eurocentristas sobre religión, arte y cultura.

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