Columnistas

Los iluminados

Nuestra diversidad latinoamericana hace difícil controlar a todo el mundo

La Razón / Jorge Zapp

00:11 / 23 de marzo de 2013

Como funcionario del PNUD trabajé en temas de energía renovable en Irán en 1977; mi primera impresión, desde la conversación con el taxista hacia el hotel (que se corroboró luego durante todo ese mes) fue la de que había llegado a una sucursal del cielo. Se percibía la presencia en todas partes de un ser infinitamente sabio, poderoso y bueno, que no sólo había convertido un país ancestral y empobrecido en un paraíso social y económico, sino que además había liberado a los pobladores de una cultura obsoleta, para entrar por la puerta grande del imperio persa al desarrollo del mundo occidental. Teherán, con su historia centenaria, era equivalente a París, las mujeres jóvenes con tacos altos y ropa europea por las calles del centro eran más llamativas que las turcas en Estambul, inimaginables en cualquier otro país islámico.

En el campo, o en grupos universitarios, traté de encontrar a alguien que tuviera una sola crítica al Sha, no lo encontré. M. Reza había realizado con el apoyo de los EEUU y del Reino Unido la “revolución blanca”, que se implementó con base en los ingresos petroleros y una policía secreta (la Savak) que todo lo sabía. Al año siguiente se inició el desorden popular, que terminó con su huida en 1979, apoyada por el presidente Carter, mientras el país regresaba al régimen islámico más elemental y absorbente. Hoy, Irán reta al mundo occidental con su armamento próximamente nuclear y definitivamente es una potencia regional importante. Esta historia sirve para entender que un régimen dictatorial, manejado con las herramientas de información, las dádivas y el poder, puede parecer absoluto e incuestionable como el nazismo, pero que en su interior puede guardar el rescoldo y la dinamita para una revolución. 

La Venezuela actual podría a primera vista ser asimilada a esta historia; sin embargo, las diferencias son abismales. La principal, el chavismo sólo es visualizado como doctrina religiosa de salvación por apenas un poco más de la mitad de los venezolanos, lo cual lo hace totalmente diferente al nazismo o al castrismo; habla y gesticula como omnímodo en el discurso pero no logra serlo. Considero imposible en un mundo caribeño aplastar a la mitad de la población, o ser, como en el caso del Sha, destruido por ésta. Nuestra diversidad latinoamericana hace difícil, como lo vimos en Paraguay, en Chile o en las dictaduras bolivianas, controlar a todo el mundo. En ese sentido, la Cuba no diversa tiene mucho más riesgo político y aun ideológico de un cambio de dirección con la desaparición del caudillo creador.

Enrique Krause predice, más bien, un cambio de los “hombres necesarios” o “redentores iluminados” actuales, a los “ciudadanos necesarios”; es decir, un cauce de concordia ciudadana participativa y autocontrolada, alimentada desde la educación y las redes sociales.       

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