Columnistas

La impronta del feminicidio

Las marcas que el feminicida deja en el cuerpo de su víctima buscan disciplinar a otras mujeres.

La Razón (Edición Impresa) / Yuri Tórrez / Emma Lazcano

23:49 / 26 de diciembre de 2016

María, de 30 años, degollada (junto a su madre, Aidé) por su esposo; América, de 19 años, estrangulada por su exnovio; María, de 24 años, asesinada con golpes de piedra en la cabeza, propinados por su pareja; Ana María, de 37 años, fallecida porque su concubino le puñaló en el muslo, cortándole una vena; Bertha, de 48 años, muerta a causa de las heridas punzocortantes que le provocó su concubino con un cuchillo mariposa; Basilia, de 60 años, apuñalada en el cuello por su concubino; Liliana, universitaria de 18 años, perdió la vida por 34 puñaladas mortales, obra de su exnovio. A 5 días para finalizar 2016, los anteriores son los siete casos de feminicidio que estremecieron a la población de Cercado durante el año que termina. Junto a los 14 asesinatos cometidos en contra de mujeres por razones de sexo en las provincias, Cochabamba se yergue como la región con el mayor número de feminicidios registrados el 2016 en Bolivia. En promedio, cada 15 días se registra un  caso de feminicidio en el país.

La mayoría de los feminicidios son cometidos por la pareja o alguien cercano a la víctima, y muchos casos ocurren en el claro oscuro del hogar y/o el amor devenido en estrago. La brutalidad sobre el cuerpo de la mujer es otro rasgo. O sea, no solo las matan, sino que además lo hacen dejando una impronta de crueldad sobre el cuerpo inerte de la mujer asesinada. Entonces, surgen algunas interrogantes insoslayables: ¿qué quiere comunicar el feminicida con esas marcas sobre el cuerpo femenino inerte?, ¿a quién está dirigido ese mensaje?

En La colonia penitenciaria, Franz Kafka ilustra cómo un sistema descomunal convertido en una máquina de terror graba el castigo en el cuerpo del condenado. Así, el cuerpo torturado se convierte en un espacio expresivo, donde se deja la huella de la condena. Ese grabado, por lo tanto, comunica algo. Es un mensaje. A su modo, Michel Foucault alude que el poder disciplinario se aplica sobre el cuerpo por medios de vigilancia. Por lo tanto, el poder transita o trashuma por el cuerpo. Es decir que es muy probable que las marcas que el feminicida deja en el cuerpo de su víctima contienen un mensaje subterráneo.

No debemos olvidar que el feminicidio alude a la muerte de una persona por su condición de mujer, en manos de un hombre; representa la expresión extrema del patriarcado y de su ritual de marcar jurisdicción sobre lo femenino, recrudecido por otros factores estructurales de la modernidad, cuya barbarie también nos alcanza al resto, en nuestra constitución actual como sujetos humanos.

En la mecánica de la violencia de género, el feminicidio desde luego no es algo de última data, pero, como varios advierten, trae algo nuevo en su modalidad, traducida en el incremento inusitado de casos, como una escena que se reedita sin límites, y en el grado copioso de crueldad que el victimario imprime sobre el cuerpo de la víctima; casi como si se tratara de un tributo para el espectáculo y el sensacionalismo mediático.

Esas marcas en el cuerpo de la mujer se erigen como señales de “escarmiento”. O sea, para disciplinar a otras mujeres y a sus pares, y, en consecuencia, a la sociedad como tal. Esas señales corporales mediatizadas parecen decir, siguiendo a Rita Segato, que los actos de violencia extrema contra las mujeres son expresivos; es decir, los perpetradores, a través de su impronta en el acto, nos comunican algo más allá de ellos mismos. De ser esto válido, confirmaría que el ser mujer en un orden patriarcal y machista constituye un riesgo. Cabe preguntarse entonces,  ¿qué nos dicen el feminicidio íntimo más allá de lo aparente?, ¿qué letrero nos cuelga en su muro?

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