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¡Dejen de incendiar la Amazonía!

Son las personas comunes (el mercado) las que se dedican con más fuerza a la preservación de la naturaleza.

La Razón (Edición Impresa) / Alejandro A. Tagliavini

23:50 / 04 de septiembre de 2019

Antes que nada, y para que se queden tranquilos, el “pulmón del planeta” son los océanos, no los árboles, ya que generan entre el 50 y el 90%, según cuál experto, del oxígeno global gracias al fitoplancton marino. Por otro lado, como señala Ian Vázquez, si bien para el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil en 2019 se produjeron 83% más incendios que en 2018, el destacado experto Daniel Nepstad asegura que el aumento es de solo el 7% sobre el promedio de los últimos 10 años.

En cualquier caso, el poder de la propaganda es notable. Gracias a que tienen una gran capacidad de difusión, los políticos en el poder, con el fin de beneficiarse y esconder sus culpas, están haciéndole creer a la opinión pública que los Estados son los únicos que pueden resolver el problema y que, por tanto, necesitan más poder, más dinero.

Irónicamente, como asegura Jorge Amador, los Estados son los principales contaminadores, empezando por las Fuerzas Armadas (sus bases militares y basureros), y siguiendo por sus empresas, como las enormes petroleras estatales. Utilizar las Fuerzas Armadas, que son altamente contaminadoras, para apagar incendios es irónico. Ese trabajo bien podrían hacerlo con más eficacia cuerpos de bomberos privados y compañías aseguradoras. Precisamente, el hecho de que la opinión pública reaccione con tanta preocupación demuestra que el problema lo crearon los políticos, no el mercado, que por cierto no son las grandes empresas, como algunos creen, sino las personas comunes.

Es cierto que fueron campesinos los principales responsables de encender el fuego, pero incitados por el Gobierno. Por ejemplo en Bolivia, el presidente Morales aprobó un decreto que permitía la quema controlada de bosques en los departamentos de Santa Cruz y Beni, donde comenzaron los incendios. Por otra parte, se entregó tierra de manera gratuita. Y si bien puede parecer muy “caritativo”, esto acarrea dos problemas. Por un lado, que no se valore la propiedad, por tanto, que no se la cuide. Y por otro lado, que los ocupantes no tengan los recursos necesarios. El propio Mandatario boliviano dijo que “las pequeñas familias, si no chaquean, ¿de qué van a vivir?”. Sucede que estas familias pobres no tenían el equipamiento necesario para desforestar y transformar las tierras en cultivables, con lo que no tenían otra solución que quemar la maleza.

Son las personas comunes (el mercado) las que se dedican con más fuerza a la preservación de la naturaleza. Los caballos, por caso, no se extinguen porque están en manos privadas. Cosa que, básicamente, no ocurre con otros animales al borde de la extinción. Según Jarret Wollstein, durante los años 60, Brasil se embarcó en un masivo desarrollo de su selva amazónica. Y el Estado construyó miles de kilómetros de caminos con subsidios, otorgó préstamos baratos a los granjeros y ganaderos, e incluso les proveyó de transporte gratuito. Los granjeros quemaron los bosques. La agricultura en la Amazonía era rentable únicamente debido a los subsidios.  

En contraposición, Matt Ridley escribió que en Nueva Zelanda el Gobierno dejó de subsidiar a los agricultores. Lo que resultó muy beneficioso para el medio ambiente, dado que éstos utilizaban los subsidios estatales para cultivar artificialmente, mediante la utilización de pesticidas y fertilizantes contaminantes, tierras que no eran rentables según el mercado.

* Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California; @alextagliavini; www.alejandrotagliavini.com

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