Columnistas

Ser indígena y vocal

¿Quién puede ser considerado indígena y quién no en la Bolivia del siglo XXI?

La Razón (Edición Impresa) / Rafael Archondo

00:44 / 22 de junio de 2015

Al menos dos de los siete miembros del Tribunal Supremo Electoral (TSE) deben ser indígenas. Así lo prescribe la ley. Estamos hablando de menos de un tercio del total. ¿Por qué? Aunque no lo hace, la norma parece ajustarse, sin embargo, a lo descubierto por el último Censo, que en 2012 nos reveló que un poco más de cuatro millones de bolivianos prefirió no identificarse con ninguno de los 36 pueblos originarios, enumerados bajo el denominativo de lenguas en la Constitución.

De su lado, solo 2,8 millones aceptaron asignarse a sí mismos una identidad indígena. Hemos entrado entonces en una nueva fase del llamado Estado Plurinacional, aquella en que éste se resigna a admitir que se ha puesto en vigencia una nueva mayoría de ciudadanos, aquellos que anteponen su calidad de boliviano a la de aymara, quechua o guaraní. Sospecho que el propio Jefe de Estado es parte de este grupo; uno que no usa ni poncho ni corbata, sino chamarra.

En el caso del TSE, este hecho aportaría un alivio administrativo. ¿Quién puede ser considerado indígena y quién no en la Bolivia del siglo XXI? Es la pregunta más incómoda que conozco. Es urticante, no porque haya otros rasgos más interesantes que exhibir, sino por la dificultad para discernir. En un país en el que más del 80% de los niños es monolingüe castellano y ninguna de las autoridades centrales, salvo el Canciller, domina uno de los idiomas nativos, el criterio de la lengua como distintivo de lo indígena ya resulta cuando menos endeble. Por eso, los aspirantes a vocales del TSE no necesitaban acreditar un pergamino lingüístico de tinte autóctono. Y por eso también el requisito del idioma vernáculo fue aplazado hasta 2021.

Entonces no es necesariamente indígena quien ejerce con fluidez un idioma precolombino. Lo es quizás quien ha nacido en el seno de una comunidad, es decir, alguien que pertenece desde la cuna a una fracción sobreviviente de la conquista europea, y cuyas tradiciones, además, atesora.

Lamento mucho; tampoco parece ser ese el criterio diferenciador. Un 70% de los bolivianos habita en las ciudades, todas fundadas por los colonizadores ibéricos en el siglo XVI. Una clara mayoría ya no desenvuelve su vida entre las parcelas o los bueyes, y quizás por ello entiende más de mecánica automotriz que de rotación de autoridades comunales. No nos dejemos llevar por la porfía, lo indígena urbano no puede ser solo “ligeramente diferente” a lo indígena primigenio. Las ciudades bolivianas de hoy tienen un sello propio innegable, pero las comunidades trasplantadas están lejos de haber quedado intactas sobre el pavimento. 

¿Qué queda entonces?, ¿el color de la piel? Ahí entramos en terreno fangoso, en el racismo y el vacío de la pigmentocracia. A veces este es el recurso final de la guerra de las identidades... nadie con apariencia hispánica podría ser aceptado como indígena. Patrañas.

Por eso, en la convocatoria para los vocales del TSE no ha quedado más remedio que obviar elegantemente el tema. En lo administrativo y legal, sépanlo bien, es indígena quien se autoidentifica como tal, algo que emerge de la voluntad o la astucia. Es cosa de proclamarse nativo con civismo y acceder así al estrecho cuarto de la cuota. De hecho cuando se quiere competir en serio por el puesto de vocal, sería lo más recomendable. Si usted se postuló, espero no haya olvidado engrampar el certificado de autoasignación identitaria para tomar la delantera en el puntaje.  

Es periodista.

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