Columnistas

Cuando la ineficiencia la pagan los bosques

Insistimos en un modelo que no está basado en la innovación, sino en la depredación de suelos

La Razón (Edición Impresa) / Wolf Rolón Roth

01:49 / 27 de diciembre de 2014

Bolivia enfrenta el desafío de alcanzar la soberanía alimentaria e incrementar la exportación de cultivos industriales sin poner en riesgo ecosistemas de valiosa biodiversidad, pero se sigue insistiendo en la deforestación para ampliar la frontera agrícola. Si realmente cumpliéramos con la pregonada política de respeto a la Madre Tierra, nos enfocaríamos más en la productividad y en la eficiencia, en vez de andar buscando qué bosques destruir. Nuestros rendimientos agrícolas son los más bajos de la región, con una subutilización de tierras en ganadería totalmente irresponsable.

El rendimiento medio nacional de soya es de 2,17 toneladas por hectárea (ton/ha), bastante más bajo que el de Paraguay (2,95), Brasil (2,87) y de Argentina (2,78); y lo mismo ocurre con otros cultivos, pese a que la producción agropecuaria nacional cuenta con ventajas como la reducción de impuestos y la subvención del diésel. Sus costos son altos por diversos factores, que van desde las malas prácticas a las carencias de infraestructura, pasando por la lentitud en consolidar el uso de biotecnología; temas en los que hay mucho que hacer, pero que siempre quedarán postergados ante el recurso simplista de seguir deforestando.

Una de nuestras insuficiencias es la falta de datos fiables actualizados sobre la superficie cultivada y el avance de la deforestación, que cambian permanentemente. A través de determinados estudios podemos afirmar que en las tierras bajas existen más de 2,5 millones de hectáreas deforestadas que no están incorporadas en la superficie efectivamente cultivada, por ser tierras degradadas o estar destinadas a otros usos como pastizales para ganadería, que por su reducida productividad están asociados a la especulación de la tierra.

La creciente demanda mundial de soya es una amenaza permanente sobre los bosques de la Amazonía. Paralelamente, como ya estableció la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) hace algunos años, la ganadería está dañando los ecosistemas del mundo por ser una de las mayores fuentes de emisión de gases invernadero a través de la deforestación, lo que obliga a asumir un cambio total de mentalidad en cuanto a la forma en que la carne se produce, se procesa, se financia y se consume.

Sin embargo, en nuestro medio estas advertencias se ignoran permanentemente, insistiendo en un modelo que no está basado en la competitividad ni en la investigación, sino en la depredación de suelos y el tráfico de madera y tierras. Por eso es inadmisible que existan solicitudes de deforestación por parte de dirigentes agrícolas y pecuarios, cuando lo que debería primar es una política de recuperación de recursos, incremento de la productividad y reordenamiento territorial.

Para compatibilizar el incremento de la producción agropecuaria con la preservación de los recursos naturales, se deberían seguir al menos cuatro estrategias: la reubicación de cultivos y ganado, la reforestación de pastizales, el incremento de la productividad y la adopción de estándares de certificación. Estos cuatro pilares de acción deberían apoyarse en la actualización permanente de los mapas actuales del uso de la tierra y en sistemas de seguimiento satelital de la vegetación, además del financiamiento a los productores para cumplir el proceso.

Solo una política agropecuaria integral responsable, que no esté regida por intereses grupales y que priorice la tecnología, la eficiencia y la competitividad, logrará detener la deforestación y permitirá que nuestra economía deje de depender de combustibles fósiles. 

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