Columnistas

Menos ingenuidad y más esperanza

¿Qué significa la pérdida de estas ilusiones que alimentaron las esperanzas y luchas pasadas?

La Razón / Fernanda Wanderley

01:00 / 25 de diciembre de 2011

Este fin de semana festejamos la esperanza de un mundo mejor, fundado en el amor, la solidaridad, la justicia y la paz entre hombres y mujeres. El nacimiento de Jesús hace 2.000 años es el símbolo más universal y antiguo de esta esperanza, la cual es continuamente renovada por otros líderes, promesas y utopías. Hoy la esperanza de un mundo mejor sigue tan viva cuanto distante.

Como decíamos: “la lucha sigue, compañera”, pero ahora con nuevos rostros, formas y consignas. En 2011 asistimos la irrupción de movilizaciones y protestas por un futuro mejor: el movimiento de los “indignados” en Europa y Estados Unidos, los movimientos liderados por jóvenes contra los regímenes dictatoriales en el norte de África y los movimientos estudiantiles por educación gratuita y de calidad en América Latina.

Estas movilizaciones renuevan nuestras esperanzas y ojalá las batallas de hoy abandonen viejas ingenuidades y certezas que inspiraron a los jóvenes de generaciones pasadas. Son muchas las lecciones acumuladas.

Aprendimos, por ejemplo, que la naturaleza humana es irremediablemente imperfecta y que todas las relaciones humanas, inclusive las más íntimas, no están libres de las pugnas de poder, de errores y tropiezos. Hoy sabemos que las promesas de un momento fundacional a partir del cual “somos felices para siempre”, como el matrimonio o la revolución, son ilusiones y que el camino será siempre mucho más largo y difícil.

También aprendimos que respeto, equidad y justicia son conquistas diarias, y que no surgirán príncipes encantados, mensajeros divinos, jefes carismáticos o grupos moralmente superiores con la “buena noticia”. Aunque nos cueste aceptar, sabemos que no existen guardianes inmunes a las tentaciones mundanas, con poderes supra humanos para eliminar la maldad y fundar el paraíso en la tierra.

La épica historia del cristianismo y del comunismo confirma que las buenas intensiones no son suficientes y que, en nombre de los más nobles ideales, se cometen las peores atrocidades e injusticias.     

Por suerte ya no somos ingenuos. No solo Dios está muerto como dijo Nietzsche; también el buen salvaje, los superhéroes y los avatares. El nuevo hombre, sin ambiciones y vanidades personales, libre de impulsos egoístas y mezquinos, tal como fue profetizado por Jesús, Marx y otros, no ha nacido y, como nos enseña las ciencias humanas, no nacerá.

¿Qué significa la pérdida de estas ilusiones que tan fervorosamente alimentaron las esperanzas y luchas pasadas? Primero, nos libera de las ilusiones de los cuentos de hadas, de las cárceles ideológicas y de las falacias de la delegación ciega de nuestras esperanzas a individuos y proyectos redentores. Segundo, potencia nuestra capacidad crítica para vigilar y proteger las reglas y principios democráticos contra la amenaza siempre presente de concentración de poder político, social y económico, y los inevitables abusos de autoridad. Tercero, fortalece nuestra responsabilidad por el perfeccionamiento de las instituciones democráticas: el único lugar seguro para depositar nuestras esperanzas por un mundo justo y solidario. Perdemos ingenuidades y fortalecemos esperanzas.

¡Feliz Navidad!

www.fernandawanderley.blogspot.com

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